sábado, 9 de abril de 2011

Danza de Los Malditos

Civilización, antigua y malvada. ¿Qué es la civilización, sino la muerte de la Esencia misma del Ser? La civilización, con sus leyes escritas —contrarias a las no escritas y que nos son propias y naturales—  ha esclavizado, controlado, mentido, manipulado, dictado, alienado, dividido, marginado y finalmente, matado y destruido al Hombre.
Cuando hablamos de civilización, en contraposición a lo que no lo es, única y exclusivamente  hablamos de Gobierno. Gobierno que es cruel como lobo cuidando de ovejas, que cercena el libre albedrío haciéndonos pensar que los pocos reductos de Humanidad, cuando los encontramos —generalmente por casualidad— nos parezcan “bárbaros” o “salvajes” por carecer de Gobiernos en oposición a parecernos “libres” por no tenerlos.
La civilización, se asienta sobre la infausta rueda de los seis tipos de poder corrupto, comentada antaño por Aristóteles:
1.- El primero de estos gobiernos es la Monarquía (del griego: monos, “uno” y arkein “gobierno”; esto es el “gobierno de uno”).
Esta es la forma de gobernar un estado o masa de gente, en la que el cargo supremo es estrictamente unipersonal (aunque en algunos casos se han dado diarquías, triunviratos y tetrarquías, en ocasiones se instituyeron también regencias formales en caso de las minorías, supeditadas a un rey o emperador superior, o valimientos de propia voluntad). La calidad de este tipo de Gobierno es vitalicia y hereditaria. El monarca, enseña a su heredero la manera de gobernar, pero nunca del todo o de la forma más correcta. El heredero, por su parte, vicia este método con su propio pensamiento, corrompiéndolo y provocando su caída y, por consiguiente, propiciando la venida de la siguiente forma corrupta de poder.
2.- Aristocracia (del griego: aristos, “mejores” y Kratos “poder”; esto es el gobierno de los mejores).
En esta forma de gobierno, el poder soberano es conferido a un grupo reducido de “grandes hombres” que “teóricamente” son los más capacitados para gobernar ya sea por razones de linaje, técnicas, intelectuales o de moneda. Se huele a la aristocracia en cuanto un rey pronuncia valimientos (esto es que delega en un valido). La aristocracia tiende a corromperse con facilidad debido a los egos hinchados de los propios aristócratas que arrasan el país sin dudar por ver quién es el mejor de los mejores, ignorando su calidad Humana y sintiéndose infalibles y no dados a equivocarse. Cuando esto sucede y su gobierno es invalidado, se da el poder al pueblo, produciéndose otra singular y abominable anomalía.
3.- Democracia (del griego demos, “pueblo” y Kratos “poder”; esto es el poder del pueblo).
Pueblo real que elige a una serie de representantes que desembocan en otro mayor y de carácter pusilánime y efímero, que regalará a las masas con la solvencia de los problemas primeros y principales de los que adolece el Hombre, tales como el cobijo, sustento, educación, sanidad y derechos varios que no son sino bagatelas y futilidades que quedan en agua de borraja (o peor aún que quedan coartados por ciertas condiciones), ya que dimanan de aquello cuanto quedó de la aristocracia, en lugar de ser un nuevo comienzo. En democracia, todo se elige por mayoría, en contraposición a lo que es mejor y más conveniente. Una vez, dijo un hombre sabio: “Así que haces lo que dice la mayoría ¿eh?. Pues entonces estás perdido”. Esta mayoría es otra falacia, porque de tantos millones de habitantes que tiene un país, al final las decisiones son tomadas por un reducido porcentaje de estos millones, amparados en la pluralidad de ideas o estrategias políticas, convirtiéndose uno en indeseable y “peligroso” al no comulgar con alguna de estas confesiones. A este punto, si la “mayoría” decide tirarse a un pozo y morir, todos los demás hemos de ir detrás, aunque no lo queramos así. ¿Drástico? Pues la cosa funciona de esta manera. La democracia, acaba por no diferenciarse en punto alguno de la aristocracia, ya que dimana de ella, convirtiéndose en una especie de: “Todo para el Pueblo, pero sin el Pueblo”. Cuando eso sucede, el pueblo se convierte en plebe y la democracia en desgracia y antesala de lo que viene.
4.- Oclocracia (del griego Ochlos, “chusma, muchedumbre y plebe” y de Kratos “poder”; esto es el gobierno de la plebe).
En el gobierno de la plebe no es que sea la plebe quien gobierne, sino que es la plebe quien es gobernada. ¿Cómo gobierna la Oclocracia a la plebe? Mediante sus miedos. El miedo a perder su casa (o a no tener una jamás), a perder su trabajo, la salud, la educación, los “derechos adquiridos”, y aún hasta la vida misma. Si todo funciona correctamente, o mejor de lo que se espera, la oclocracia generará crisis financieras, laborales, de infraestructuras y hasta terrorismo. La oclocracia, literalmente, “mata sin pudor” a un tercio de la población para gobernar a los dos tercios restantes. Tal es la situación, que la chusma mira al poderoso y, literalmente, pide ser “salvada”. En su ignorancia, pide ser salva de los problemas que la misma Oclocracia ha creado y así se llega al siguiente radio de la rueda.
5.- Oligarquía (del griego Oligos, “poco” y arkein “gobierno”; esto es el poder de pocos).
De igual modo que en la aristocracia, en la Oligarquía, sólo unos pocos detentan el poder. Estos se diferencian de los aristócratas en que en la aristocracia gobernaban los mejores -con todo lo que ello implica- mientras que en la Oligarquía quienes gobiernan son los poderosos. Estos poderosos lo son por medrar en la corruptela propia de los sistemas anteriores. Si uno hizo fortuna con la democracia puede ser un oligarca, de igual modo que lo puede ser un genocida, o un excelente orador. Cualquiera que parcele poder puede ser oligarca sin recato, aunque uno sea tonto de remate, aunque provoque la extinción de la Humanidad misma. La Oclocracia hizo bien su trabajo y a estos necios con “pesetas” se les ve como salvadores ya que se piensa que “algo deben de saber, cuando tan lejos han llegado”. Razonamiento erróneo de la masa adocenada a la que si individualmente se pregunta no conocen a ninguno que con esfuerzo y tesón se haya vuelto poderoso, pero que sí conocen a poderosos que están ahí por robar, asesinar, mentir, extorsionar, chantajear, explotar, intoxicar y en definitiva, por faltar a su palabra, por carecer de honor y por prostituirse y venderse al mejor postor, en todos los más amplios sentidos de las acepciones expuestas. Y la gente los desea y los encumbra creyendo que los van salvar de su propia ignorancia, que les marcarán el camino correcto en un alarde de humildad. Bien, estos son los que allanan el camino para la última de las formas de la rueda de los seis tipos de poder corrupto.
6.- Tiranía (del griego Tiranía, dictadura).
La Tiranía surge, dimana y emerge de la Oligarquía, cuando esta ya no se sostiene o los propios oligarcas se han despedazado entre sí —o al propio pueblo— por no haber estado nunca capacitados para gobernar. La Tiranía, o dictadura si se quiere, es impuesta mediante la revolución. Revolución que no es otra cosa que la fuerza de las armas contra todo aquello que de ella disienta. El Tirano, bueno o malo (pero siempre cuestionable), siempre se impone mediante acto violento y dice a los demás cual es la manera de salvarse, no habiendo alternativa salvo la que el mismo  dicta. Los gobiernos antiguos han sido fruto de las Tiranías, que los modernos también, del mismo modo que hoy lo son las religiones. En este tipo de gobierno, el mandato es acatado so pena de muerte —recordemos al punto que el Tirano se impone por la fuerza bruta—, sea este mandato acertado o no, y al contrario que en la democracia, es únicamente el Tirano quien decide que todos se han de tirar por un puente. La descendencia del tirano es educada para perpetuar el gobierno de la masa. Debido a que el elegido para suceder al Tirano aporta de su propia cosecha para no hacer tan cruento el gobierno del pueblo, al no interesar perder los hombres que te proporcionan la posición, y viendo que esta forma de poder acaba por transmitirse por designación o herencia, con calidad vitalicia, volvemos a la monarquía, cerrando así la rueda de las seis forma corruptas de poder.
Ya ven como con la naturaleza de estos sones, así es nuestra danza.
Podemos decir que los gobiernos se engendran y se perpetúan los unos a los otros en un círculo vicioso, que sólo conduce a la continua debacle del propio Hombre, ya que estos gobiernos (que son todos), no solucionan nada salvo la vida y posición de los “adalides valederos” que los ostentan y protegen. ¿Cómo hemos podido participar con tantas ganas en esta aborrecible ignominia?
El Hombre, se ha revelado como una bestia irresponsable, capaz de vender a sus propios hijos por eludir la culpa de sus actos. Empero el Hombre no es así. Digamos que el Hombre ha sido transformado.
El Hombre, cuando niño, coge una flor y la regala a la primera persona que encuentra, a la que reconoce como igual.
Esto sucede únicamente, cuando el Hombre está al margen de la Civilización. Luego entra en ella por mediación de sus pobres progenitores y por coacción del Gobierno (adquiriendo forma de “guardería” o de colegio), es adoctrinado y se le  impone un sistema de creencias en una suerte de “ludus horribilis” en el que si sus progenitores no colaboran son condenados a galeras o a la peor y más lóbrega de todas las mazmorras.
El objetivo primordial de este siniestro plan no es otro que hacer que el sentimiento que provoca la dádiva de la flor a un semejante no aflore jamás (y valga la redundancia). Y si aflora, es entonces que, el Hombre se vuelve loco y es internado, o sustraído de la Civilización, porque su esencia misma choca de forma tan frontal como  brutal contra lo que la Civilización le ha impuesto, o esperado de él. En el peor de los casos, que es el mejor para la Civilización, el Hombre se convierte en renegado del Hombre y más aún, de sí mismo, de su esencia, y dice cosas terribles como “que no es libre”, sólo porque a alguien se le ocurre que no debe serlo. De esta forma, el Hombre se condena a sí mismo y tiene cuanto por este acto merece.
El Hombre que se dice libre, ciertamente lo es. El que se reconoce sometido, también. Pero el Hombre que niega su propia libertad, ese, ciertamente, no lo es.
Un Hombre libre luchará por no perder su libertad. Un Hombre sometido luchará para recuperarla. Pero uno que no lo es, no moverá un dedo jamás. Y si por fortuna o conjunción de los astros del cielo, uno de estos que no son libres luchara por ganar la libertad descubrirá que no ha de ganar nada porque siempre la tuvo, y su lucha lo hermana con el Hombre que se dijo libre y que ciertamente está luchando por no perder aquello que la Civilización un día le dijo que no tenía (o más concretamente, que no debía de tener).
El Hombre, debe de huir de los “-ismos”, de los religiosos y de los políticos.
El Hombre es engendrado libremente y precisamente por esto libre es parido a este mundo. Es por ello que el Hombre no ha de ser sometido por Hombre o dios alguno.
Eres libre, naces libre, vives libre y te morirás libre.
El Hombre, sólo ha de servirse así mismo con la fuerza de los brazos y el empuje del corazón. Pero claro, esto es contrario a los preceptos de la Civilización.
Civilización, antigua y malvada. Sinfonía para la “Danza de los Malditos”.
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