miércoles, 21 de marzo de 2012

La Alquimia, un camino oculto.


FUENTE http://alcione.cl
Qué es la alquimia? Hace medio siglo no había en Occidente ninguna duda a este respecto: era una superstición existente entre los ignorantes de los tiempos pasados que creían que con ciertas manipulaciones se podría transformar metales viles en oro.
Luego que las ideas de Jung empezaron a circular en Europa, apareció una conclusión nueva, esclarecida, de la alquimia: era, realmente, psicología. Los alquimistas se autopsicoanalizaban; sublimaban y calcinaban su propio subconsciente. Su meta verdadera no era la de fabricar oro, sino producir un hombre no alienado.
En la Edad Media, las maniobras de este género patinaban sobre un territorio que la Iglesia consideraba suyo. Fue por esto que los alquimistas se vieron forzados a disimular lo que hacían realmente detrás de una tentativa aparentemente insensata de cambiar el plomo en oro.
Aunque esta explicación no satisfizo del todo a la nueva psicología, porque era sabido que aún en el siglo XX, en Fez, Cracovia, Damasco, París y Londres, hombres de gran inteligencia se dedicaban a operaciones tendientes a producir un oro amarillo perfectamente tangible. Ellos habían abandonado el carbón vegetal por el gas, pero hacían manifiestamente algo con marmitas y cacerolas, no con el yo y el ello.
Todas las ideas sobre lo que es la alquimia, vista desde el exterior, pueden repartirse en cuatro categorías, con interferencias entre ellas:
Primer punto de vista: Es posible transmutar un elemento en otro. Una de estas transmutaciones es la del plomo o del hierro en oro. La manera de proceder es un prodigioso secreto venido desde el fondo del tiempo. Es el secreto mejor guardado de toda la historia de la humanidad,
Segundo punto de vista: La alquimia es la ciencia que consiste en purificar la naturaleza íntima del hombre para llegar a ser un individuo no alienado. Comparado con el hombre ordinario, este individuo tendría ciertos poderes superiores. Por razones políticas, era necesario enmascarar esta actividad bajo la de una seudociencia de refinado de metales que la Iglesia no tendría ninguna razón para reprobar.
Tercer punto de vista: La transmutación de los metales es posible. El plomo puede ser cambiado en oro. El alquimista sabe cómo hacerlo y él guarda también un secreto más grande. Si hay una cierta relación con el crisol donde se verifica la operación, se produciría una transmutación semejante en su ser ordinario. En el momento en que el plomo llega a ser oro en el crisol, el espíritu del operador es transformado, como si fuera sometido a una irradiación potente. Por otra parte, ciertos subproductos químicos que restan en el crisol pueden ser conservados y servir, ya sea para hacer oro de nuevo, o para transformar a otros hombres. De allí las leyendas relativas a la píldora del hombre astuto, o al elixir que el conde de Saint Germain habría ofrecido a Casanova moribundo.
Cuarto punto de vista: El alquimista es un hombre que conoce un método inmensamente eficaz para limpiar los establos de Augias de su propio subconsciente. Si es impulsado suficientemente lejos, el proceso da nacimiento a un verdadero cuerpo espiritual dotado de propiedades pertenecientes a un orden de realidad diferente. Si ese cuerpo espiritual es proyectado de una cierta manera sobre los metales viles, cumplirá una transmutación comparable a la suya sobre la materia inorgánica.
Digamos a continuación que fuera del pequeño círculo de los alquimistas que han tenido éxito – si es que hay alguno – nadie sabe cuál de estos puntos de vista, solo o combinado con otro, se aproxima a la verdad. Podría ser que hubiera algo que deducir de las primeras proposiciones de la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto:
Es verdad, sin mentira, y muy verdadero:
lo que está abajo es como lo que está arriba,
lo que está arriba es como lo que está abajo,
para hacer el milagro de una sola cosa.
Que esto sea como un medio de hacer fortuna rápidamente, como método de desarrollo psicológico o como ciencia sagrada de espiritualización, la alquimia ha capturado la imaginación de Europa durante siglos y no ha perdido nada de su aura en ciertos medios, aunque muchos piensan que, desde el fin del siglo XVIII, pesa una prohibición sobre ella. Todo indica, sin embargo, que algo se trasluce de tiempo en tiempo.
La palabra alquimia puede venir del árabe alkimia. Los supuestos orígenes egipcios hacen pensar que la raíz chim pueda derivarse del nombre en lengua egipcia, que significa negro y designa la tierra negra contrastando sobre el tinte amarillento de las arenas del desierto. Otro origen posible sería la palabra griega chyma, que significa acción de fundir metales.
De todas maneras, la alquimia es extremadamente antigua, ya sea que sus primeras referencias historicas sean de la China o de Egipto. Existen textos chinos a favor o en contra de la alquimia que datan de 144 a.C. y existen razones para hacer remontar la alquimia china al menos al siglo IV a. C.
Los intercambios entre el Extremo Oriente y el Oriente Medio eran numerosos y la alquimia del Medio Oriente bien pudo venir de China. Por otra parte, la alquimia china era principalmente esotérica y pretendía producir una medicina que asegurara una larga vida o la inmortalidad, mientras que en el Oriente Medio, antes del Islam, la alquimia tenía un carácter esencialmente exotérico, y el alquimista se consagraba, por lo menos en apariencia, a manipular aleaciones de metales.
Al suponer que la China haya trasmitido la idea de la alquimia, es preciso observar que sólo podía tratarse de alquimia medicinal y no metalúrgica. Sin embargo, si se adopta el punto de vista según el cual la alquimia es la traducción en términos materiales de informaciones sobre eventos sin relación causal, informaciones obtenidas al acceder a un nivel superior de consciencia, la dificultad histórica no se plantea. Tanto en China como en el Medio Oriente se habría penetrado en los mismos dominios y traducido las mismas intuiciones en términos materiales correspondiendo a las psicologías respectivas: medicinales en uno, metalúrgicas en el otro, y en algún caso, una combinación de ambas.
Desde la fundación del Islam la alquimia pasó a ser una ciencia musulmana, aunque no fuera más que en el plano lingüístico. El árabe era la lengua culta en los imperios islámicos, y, por lo tanto, la lengua de las artes y de las ciencias. Pero los textos utilizados podían ser persas o griegos. El Islam se apropió en su totalidad de los conocimientos griegos sobre la alquimia. Numerosas y muy antiguas obras de alquimia fueron traducidas al árabe. Desde el siglo VIII, la civilización árabe había producido una pléyade de eruditos capaces de estudiar los textos griegos y así la trasmisión del saber del pasado alcanzó un gran auge. En cuanto a los alquimistas de origen árabe, ellos aportaron a este arte hermético una contribución extremadamente original.
Aparentemente practicaban una química ingenua, y en sus textos aparecían cuadrados mágicos cifrados. Hablaban de sustancias hipótéticas, de las cuales el azufre y el mercurio ordinario eran las formas más aproximadas. Y es que los más importantes alquimistas árabes de esa época eran sufíes, Ellos hablaban de cuatro elementos: la tierra, el agua, el aire y el fuego y de cuatro cualidades o naturalezas: el calor, el frío, la sequedad y la humedad. En presencia de estas cualidades, y gracias al influjo de los planetas, los metales se formaban en las entrañas de la tierra bajo la acción del azufre y del mercurio. El azufre y el mercurio perfectamente puros, combinados según ciertas proporciones daban origen al oro. En el caso en que fueran impuros y en proporciones no adecuadas, daban nacimiento a todos los otros metales.
Una figura descollante fue Avicena (980-1037). Era considerado como la más brillante inteligencia desde Aristóteles, se veía en él un genio y la suprema autoridad en todos los planos posibles. Aunque Avicena compartía las ideas en uso sobre la constitución de la materia, afirmaba que la transmutación de los metales en oro no tenía una base real. Habría varias explicaciones posibles.
La primera era que hombres de una inteligencia fuera de lo común, trabajando de manera pragmática, eran llevados a deducir ciertas conclusiones extraídas de su experiencia. Se trataba de materialismo científico al pie de la letra.
La segunda era que ciertos seres excepcionales, ligados a auténticas escuelas de desarrollo personal, habían enriquecido el saber práctico de su tiempo por haber tenido acceso a un estado superior de consciencia, el que les permitía conocer por inducción la manera de aplicar leyes naturales a eventos concretos.
La tercera era que los hombres de esta última categoría habían preferido disimular la fuente de su saber embrollando deliberadamente las pistas.
La tradición sufí parece ofrecer muchos ejemplos de esta manera de actuar. Está dicho que, a veces, la mejor aproximación a la realidad, a nivel temporal, consiste en el planteamiento de contrarios aparentemente irreconciables. Entre los siglos XII al XIII, Al-Ghazzali (1058-1111) y Rumi (1207-1273) fueron reconocidos como sufíes de estatura excepcional y ambos hablaban de la experiencia mística como de una transformación alquímica. Elementos contrarios, aunque opuestos en nombre, pueden actuar juntos, decía Rumi.

En esa época se tradujo por primera vez un texto alquímico árabe al francés. Uno de los primeros alquimistas europeos fue Alberto el Grande (1206 -1280), prototipo de numerosos personajes de la Edad Media que unían a un espíritu ávido de conocimiento un algo más que les valía ser admitidos en la misteriosa compañía de sociedades secretas. Monje dominicano – a pesar de su espíritu independiente – recorrió a pie Francia y Alemania enseñando filosofía, hasta que se radicó en Colonia, dedicándose a estudiar y a escribir en la soledad.
Alberto afirmaba que la transmutación alquímica de los metales era imposible y que lo más que podían hacer los alquimistas era enchapar los metales para darles la apariencia de oro. Por otra parte, declaraba que un conocimiento íntimo del proceso alquímico le había sido otorgado por la gracia de Dios. El renombre de Alberto era tal, que los jóvenes intelectuales de todas partes de Europa venían a recibir su enseñanza. Uno de los más famosos entre sus alumnos fue Tomás de Aquino (1226-1274).
Tomás parece haber creído en la realidad de la transmutación alquimica, pero su actitud representaba un elemento interesante no sugerido antes en el medio europeo. La Gran Obra dependía – según él – de operaciones ocultas de naturaleza celestial que la alquimia no siempre puede controlar. Así, el artista debe aspirar a la creación de condiciones apropiadas en él mismo dirigidas a favorecer la mediación de esta virtud celestial. La hipótesis planteada es que el proceso alquímico, ya sea que se dirija al desarrollo interior del hombre o a la transmutación de metales, depende de un factor de apariencia arbitraria, de origen cósmico, influyendo en un lugar y en un momento determinados.
Resulta interesante hacer notar que la tradición iniciática, en la corriente sufí, afirma que ciertas operaciones – aunque la manera de proceder sea correcta – no llegarán al término deseado (o, como ellos dicen, a la evolución buscada) si no concuerdan ciertas circunstancias: el esfuerzo adecuado, hecho por las personas adecuadas, en el lugar y momento adecuados. Si estas condiciones no están reunidas, no hay resultado.
Cualquiera que sea la realidad que se disimule bajo esta fórmula, ella explicaría por qué constantemente se hace mención en toda la literatura alquímica de algo intangible que los alquimistas, en general, no han podido encontrar y cuya ausencia siempre trasforma en vanos sus esfuerzos.
Uno de los más célebres contemporáneos de Alberto el Grande y de Tomás de Aquino fue Roger Bacon (1214-1292), el casi legendario Doctor admirable, que enseñaba en Oxford vestido de árabe, del que se decía que podía transformar en hombres a los demonios. Fue una de las más brillantes inteligencias de Europa y una de las más grandes figuras de todos los tiempos.
Bacon produjo tres obras monumentales: Opus Mayor, Opus Minor, Opus Tertium. Consideraba que la totalidad del conocimiento humano, pasado, presente y futuro, se encontraba en la Biblia; pero – contrariamente a sus contemporáneos – no creía que fuera un libro accesible a todos. Para comprenderlo, pensaba que era necesario un determinado nivel interior que exigía conocimientos alquímicos, astrológicos y mágicos. Era este un terreno evidentemente peligroso, sobre todo para un religioso – era franciscano – y su manera de pensar le acarreó un aprisionamiento de catorce años impuesto por su misma orden,
Bacon, tanto como Alberto el Grande, estaba evidentemente en contacto con alguna auténtica fuente esotérica; pero, a diferencia de Alberto, sabía árabe. Parecía claro que, para los dos, la fuente era el sufismo. Bacon tenía bien claro lo que significaba la enseñanza adecuada en el momento y lugar adecuados. No ignoraba la necesidad primordial de una transmisión viviente en todos los proceso del desarrollo personal. El mundo occidental de su tiempo – y del nuestro – no podía comprender el que una situación propicia al desarrollo fuera forzosamente de naturaleza orgánica y sometida a leyes precisas. Se juzgaba entonces que esta noción bordeaba la herejía.
Estos tres europeos citados pertenecían a un nivel superior de inteligencia y causaron una profunda impresión en su tiempo. Sus aportes han persistido durante siglos bajo apariencias muy diversas. Eran realmente conocedores. Habían aprendido técnicas que les dieron acceso a un nivel de consciencia que les permitía percibir el contenido interior de la religión. Descubrieron que todas las verdaderas religiones no forman sino una. Conocieron por experiencia las leyes de la naturaleza que dan nacimiento a la forma y a los fenómenos.
Hemos insinuado la idea que esta fuente de desarrollo personal interior podría identificarse con iniciados denominados sufíes. Estos se preocupaban de realizar ciertos progresos en la evolución de la humanidad entre los siglos XII al XIII, y les era indiferente llevar a cabo sus actividades en el ámbito del islam ortodoxo o del cristianismo ortodoxo. Aquellos que estaban al servicio de esa fuente vivían en dos mundos. Proclamar la verdad tal como la conocían – esa realidad interior que los dogmas y las instituciones habían sofocado – los habría hecho aparecer como apóstatas. Les era necesario, entonces, trabajar en secreto, hacer lo que tenían que hacer, pero dando a su acción una forma aceptable para la ortodoxia.
Ellos sabían que hacía falta construir un puente, pero resultaba que la construcción de puentes era ilegal. Debían entonces aparentar que estaban haciendo otro trabajo: cavar hoyos en el camino, por ejemplo, Bien entendido, esos hoyos eran incomprensibles para sus contemporáneos, y lo siguen siendo todavía.
En los siglos siguientes, la luz de la alquimia centellea en toda Europa. Aparecen personajes extraños en las cortes de reyes y príncipes, en los monasterios y en las plazas públicas. Se les llama superhombres, sabios, hombres religiosos, charlatanes, filósofos. Sus escritos son supersticiosamente copiados, preciosamente conservados, vendidos, o difamados, Entre los alquimistas mismos existía una francmasonería en la que los textos eran editados de manera de hacer franquear un grado más a los discípulos, y de extraviar más completamente a los que no habían alcanzado el nivel para el cual el texto había sido escrito.
Todo parecia ser confusión y contradicción. Se dedicaban los alquimistas a la fabricación de oro? 0 hablaban de una metafísica que no tenía nada que ver con el oro propiamente dicho?
Como figura relevante de esa época, podemos citar a Paracelso (1493-1541), médico, alquimista, astrólogo, mago. Se decía de él: Los que se imaginan que la medicina de Paracelso es un sistema de superstición que nosotros hemos felizmente dejado atrás al evolucionar, se sorprenderían si conocieran los principios en que está basada, y constataran que se fundamenta en un conocimiento de orden superior que nosotros no hemos todavía alcanzado, pero al cual podremos aspirar cuando progresemos.
En cuanto a Jung, ha escrito: Vemos en Paracelso no solamente una medicina química, sino además una psicoterapia empírica.
Nacido en Suiza, recorrió toda Europa, suscitando admiración, escándalo y críticas. La magia es un mejor profesor de medicina que los libros – decía Paracelso -, sólo que ella no puede ser conferida en las universidades sino que viene directamente de Dios. La magia es el verdadero maestro, enseñando el arte de curar las enfermedades. Si nuestros médicos poseyeran esos poderes, se podría quemar todos sus libros y arrojar sus drogas al mar, y el mundo estaría mejor.
No cabe duda que Paracelso fue un pionero en medicina. Fue un precursor de la quimioterapia moderna (curaba la sífilis con mercurio) e inventó (o descubrió) la homeopatía doscientos cincuenta años antes que Hahnemann; conocía los principios de la vacunación. Dos siglos antes que Mesmer, se preocupó del magnetismo, estudiando sus efectos sobre las enfermedades. No estuvo lejos de postular la equivalencia de la masa y de la energía: Debes saber entonces que la dicha masa no es más que una caja llena de fuerza y de poder.
Cuando dictaba sus clases, era tan manifiesto que poseía conocimientos de alguna fuente oculta, que atraía multitudes de estudiantes. Se supone que esa fuente era el sufismo. En su obra Philosophia Occulta da versiones casi literales de material didáctico sufí. Un erudito de su tiempo resumió así su pensamiento: Según Paracelso, la enfermedad y la salud están regidas por las influencias astrales. Remedios secretos: los arcanos permiten atrapar la primera y recuperar la segunda. El arcano asegura el restablecimiento de la armonía celeste entre el astro interior – es decir, el astro que se lleva en uno – y un astro celeste. El primero debe entonces alzarse hacia los cielos, o sea que su naturaleza es volátil e incorpórea. El remedio físico es material, por la fuerza de los hechos, pero el arcano que él contiene es espiritual.
Durante setecientos años la trama alquímica parece correr oculta en el tejido literario, médico, científico y artístico de Europa. Hasta que entre 1920 y 1925 un misterioso personaje aparece en Francia y entrega a un estudioso de la alquimia un manuscrito para su edición. Era El Misterio de las Catedrales y su autor se identificaba como Fulcanelli.
Nunca más se supo de él, aunque corría el rumor que vivía en España en un misterioso valle situado en una región montañosa, en una especie de Shangri-la secreto. El libro muy pronto se hizo célebre y fue considerado – entre otras cosas – como la clave de la arquitectura de las catedrales góticas que – según su autor – son manuales de técnicas alquímicas en lenguaje cifrado. Algo semejante insinúa Ouspensky en su libro El Nuevo Modelo del Universo.
Por ese tiempo también aparece en Europa uno de los personajes más sorprendentes que se haya visto llegar al Occidente: George Ivanovitch Gurdjieff. Hablar de él alargaría en exceso este capítulo. Sólo diremos que toda su enseñanza estaba enfocada hacia la alquimia interior, de cómo el hombre podía cambiarse a sí mismo produciendo hidrógenos. En su libro Fragmentos de una Enseñanza Desconocida, Ouspensky reproduce unas palabras de Gurdjieff sobre los distintos caminos de la evolución humana:
Es preciso hacer notar que, aparte de estos caminos justos y legítimos, hay también otros artificiales que no dan más que resultados temporarios, y caminos francamente perjudiciales que pueden dar resultados permanentes, pero nefastos. Sobre estos caminos, el hombre igualmente busca la llave de la cuarta habitación y, a veces, la encuentra. Puede suceder también que la puerta de la cuarta habitación se abra artificialmente con una ganzúa, Y en estos dos últimos casos, la habitación puede encontrarse vacía.
Ernest Scott
Traducido y extractado por Roberto Hernández de
Les Gardiens Invisibles
Le Courrier du Livre
París.

1 comentario :

  1. En esta era de Acuario un Adepto está develando
    todas las Claves alquímicas que han permanecido
    ocultas durante la Era de Piscis.

    Recibe la invitación para visitar
    http://www.adeptovitriol.esforos.com/

    Saludos cordiales de
    Rosemunde y Fragarí

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