lunes, 30 de julio de 2012

El elefante de Orwell: el arte de la resistencia.


“Cuando el gran señor pasa, el campesino sabio hace una gran reverencia y silenciosamente se echa un pedo”
Proverbio etíope.
“La sociedad es un animal muy misterioso, con muchos rostros y ocultas potencialidades, y es un signo de extrema miopía creer que el rostro que la sociedad te está presentando en un determinado momento es su único rostro verdadero. Ninguno de nosotros conoce todas las potencialidades latentes en el espíritu del pueblo”. 
Václav Havel. Intelectual y político.
George Orwell cuenta en “Shooting an Elephant” [Matar un elefante] sobre algo que le ocurrió cuando era subinspector de policía del régimen colonial en Birmania, durante los años veinte. A Orwell lo llaman para que resuelva el problema de un elefante en celo que se ha soltado y que está haciendo destrozos en el bazar. Cuando Orwell, con un fusil para matar elefantes en mano, finalmente encuentra al animal, éste, que ha matado a un hombre, está tranquilamente pastando en un arrozal y ya no representa ningún peligro para nadie. En ese momento, lo lógico sería observar al elefante por un tiempo para asegurarse de que se le ha pasado el celo. Pero la presencia de dos mil súbditos coloniales, que lo han seguido y que lo están observando, hace imposible aplicar la lógica:
“Y de pronto me di cuenta de que, a pesar de todo, yo tenía que matar al elefante. Eso era lo que la gente esperaba de mí y lo que yo tenía que hacer. Yo podía sentir sus dos mil voluntades presionándome, sin que yo pudiera hacer nada. Justo en ese momento, cuando estaba allí parado con el rifle en mis manos, me di cuenta por primera vez de cuánta falsedad e inutilidad había en el dominio del hombre blanco en Oriente. Aquí estaba yo, el hombre blanco con su rifle, enfrente de una multitud inerme de nativos: yo era supuestamente el protagonista de la obra, pero en realidad yo no era sino un títere absurdo que iba de un lado para otro según la voluntad de esos rostros amarillos que estaban detrás de mí. Me di cuenta de que cuando el hombre blanco se vuelve un tirano está destruyendo su propia libertad. Se convierte en una especie de muñeco falso, en la figura convencionalizada del sahib.
Porque un principio de su dominio es que debe pasarse la vida tratando de impresionar a los “nativos”, de tal manera que en cada crisis él tiene que hacer lo que los “nativos” esperan que él haga. Usa una máscara y su rostro tiene que identificarse con ella [...] Un sahib tiene que comportarse como sahib; tiene que mostrarse decidido, saber muy bien lo que quiere y actuar sin ambigüedad. Llegar, rifle en mano, con dos mil personas tras de mí, y luego alejarse sin haber tomado ninguna decisión, sin haber hecho nada… no, era imposible. La multitud se hubiera reído de mí. Y toda mi vida, la vida de todos los blancos en Oriente, era una larga lucha que no tenía nada de risible.”
El antropólogo James C. Scott, en su libro “Los dominados y el arte de la resistencia” comenta esta anécdota: “Si la subordinación exige representar convincentemente la humildad y el respeto, la dominación también parece exigir una actuación semejante, de altanería y dominio. Pero hay dos diferencias. Si el esclavo no sigue el guión, corre el riesgo de recibir una paliza, mientras que Orwell sólo corre el riesgo de quedar en ridículo. Y otra diferencia importante es que la necesaria pose de los dominadores proviene no de sus debilidades sino de las ideas que fundamentan su poder, del tipo de argumentos con los que justifican su legitimidad. Un rey de título divino debe actuar como un dios; un rey guerrero, como un valiente general; el jefe electo de una república debe dar la apariencia de que respeta a la ciudadanía y sus opiniones; un juez debe parecer que venera la ley.”
Orwell se dio cuenta de cómo los birmanos se las arreglaban para dejar entrever, casi constantemente, su desprecio por los ingleses, aunque se cuidaban de no arriesgar nunca un desafío directo mucho más peligroso:
“El sentimiento antieuropeo era muy intenso. Nadie se atrevía a provocar un motín; pero si una mujer europea andaba sola por un bazar era muy probable que alguien le escupiera jugo de betel en el vestido [...] Cuando un ágil birmano me puso una zancadilla en el campo de futbol y el árbitro (otro birmano) se hizo el desentendido, la multitud estalló en una horrenda carcajada [...] Los rostros amarillos llenos de desprecio de los jóvenes con los que me encontraba por todos lados y los insultos que me gritaban cuando yo estaba ya a una distancia segura para ellos terminaron afectándome bastante. Los jóvenes sacerdotes budistas eran los peores de todos.”
Scott de nuevo aclara: “Gracias a una cierta prudencia táctica, los grupos subordinados rara vez tienen que sacar su discurso oculto. Pero, aprovechándose del anonimato de una multitud o de un ambiguo accidente, encuentran innumerables maneras ingeniosas de dar a entender que sólo a regañadientes participan en la representación.(…) Detrás de los actos “antieuropeos” que observó Orwell, había sin duda un discurso oculto mucho más complejo, un lenguaje completo conectado con la cultura, la religión y la experiencia colonial de los birmanos.”
“Por supuesto, los birmanos tampoco tenían acceso a lo que estaba detrás del comportamiento más o menos oficial de los ingleses.” Fue lo que Orwell sí presenció en el club de blancos a donde acudía con sus compañeros: “la mayor alegría en el mundo sería atravesar las entrañas de un monje budista con una bayoneta”
Estas ideas ocultas es lo que Scott llama infrapolítica. Una especie de política cotidiana o “detrás de bambalinas” que se enfrenta a las normas sociales día tras día y con pequeños movimientos. Algunos psicólogos sociales afirman que son pequeñas válvulas de escape para desahogarse de estas jerarquías sociales cerradas. Pero Scott lo niega:
“Lejos de ser válvulas de escape que ocupan el lugar de la resistencia real, las prácticas discursivas fuera de escena mantienen esa resistencia, de la misma manera en que la presión informal de los compañeros de trabajo de una fábrica disuade a cualquier obrero en particular de exceder las normas de trabajo y de romper las cuotas establecidas entre todos”
“En resumen, sería más exacto concebir el discurso oculto como una condición de la resistencia práctica que como un sustitulo de ella. Habría que recordar que la acumulación de miles y miles de estos actos “insignificantes” de resistencia tienen un poderoso efecto en la economía y en la política. Los pequeños hurtos y la apropiación de tierras a gran escala pueden llegar a reestructurar el control de la propiedad. La evasión de impuestos de los campesinos ha provocado crisis de apropiación que ponen en peligro al Estado. La deserción masiva de siervos o campesinos reclutados ha ayudado a lo largo de la historia a que se derrumbe más de un régimen. En condiciones adecuadas, la acumulación de actos insignificantes logra, como los copos de nieve en la pendiente de una montaña, provocar una avalancha
“La no declarada guerra de guerrillas ideológica que tiene lugar en ese espacio político exige que nos introduzcamos en el mundo del rumor, el chisme, los disfraces, los juegos de palabras, las metáforas, los eufemismos, los cuentos populares, los gestos rituales, la anonimia” “Por eso los rebeldes actuales mimetizan actos del carnaval: se visten como mujeres o usan máscaras cuando destruyen máquinas o cuando plantean demandas políticas; usan la organización y la reunión ritual del carnaval o de las ferias para cubrir sus intenciones. ¿están jugando o lo hacen en serio? Nada les conviene más que aprovechar al máximo esta oportuna ambigüedad”
Quién será el primero en declarar abiertamente el discurso oculto y exactamente como y cuando lo hará, son cuestiones que rebasan en mucho el alcance de las técnicas de las ciencias sociales”
“Cuando la primera declaración del discurso oculto tiene éxito, su capacidad movilizadora como acto simbólico es potencialmente asombrosa. En el nivel de la táctica y de la estrategia, se trata de un importante inicio del estado de cosas. Los actos simbólicos decisivos, como dice un sociólogo (Collins),”ponen a prueba la resistencia de todo el sistema de miedo recíproco” En el nivel de las creencias, de la cólera y de los sueños políticos, se trata de una explosión social. La primera declaración habla en nombre de inumerables subordinados, grita lo que históricamente había tenido que ser murmurado, controlado, reprimido, ahogado y suprimido.
Si el resultado parece un momento de locura, 
si la política que engendran es tumultuosa, frenética, delirante y a veces violenta, 
se debe quizás al hecho de que los oprimidos rara vez aparecen en la escena pública y tienen tanto que decir y hacer cuando finalmente entran en ella.”
Un buen ejemplo de infrapolítica:
“Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos pueda cambiar el mundo. De hecho, es lo único que alguna vez lo ha cambiado.”
Margaret Mead
Fuente:
“Los dominados y el arte de la resistencia” James C. Scott
http://unaantropologaenlaluna.blogspot.com.es/2012/07/el-arte-de-la-resistencia-la-muerte-del.html

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