martes, 19 de febrero de 2013

CONCEPTO Y REALIDAD

Foto: CONCEPTO Y REALIDAD

¿Quién o qué puede garantizar que el concepto y la realidad resulten absolutamente iguales?

El concepto es una cosa y la realidad es otra y existe tendencia a sobreestimar nuestros propios conceptos.
Realidad igual a concepto es algo casi imposible, sin embargo nuestra mente hipnotizada por su propio concepto supone siempre que éste y la realidad son iguales.
Incuestionablemente cada cabeza es un mundo y en todos y en cada uno de nosotros existe una especie de  dogmatismo pontificio y dictatorial que quiere hacernos creer en la igualdad absoluta de concepto y realidad.

Por muy fuertes que sean las estructuras de un razonamiento nada puede garantizar la igualdad absoluta de conceptos y realidad.

Desgraciadamente siempre queremos descubrir, ver en todo fenómeno natural nuestros propios prejuicios, conceptos, preconceptos, opiniones y teorías; muy pocos llegan a ser receptivos, ver lo nuevo con mente limpia y espontánea.

Cuando vemos en los fenómenos de la naturaleza exclusivamente nuestros propios conceptos, ciertamente no estamos viendo los fenómenos sino los conceptos.

La condición pontificia y dogmática del intelecto en modo alguno podría aceptar que tal o cual concepto que tengamos elaborado, no coincida exactamente con la realidad.

Tan pronto la mente, a través de los sentidos, observa tal o cual fenómeno, se apresura de inmediato a rotularla con tal o cual término que sólo viene a servir como parche para tapar la propia ignorancia.
La mente no sabe realmente ser receptiva a lo nuevo, más si sabe inventar complicadísimos términos con los cuales pretende calificar en forma auto-engañosa lo que ciertamente ignora.
Hablando esta vez en sentido Socrático, diremos que la mente no solamente ignora, sino además ignora que ignora.

La mente moderna es terriblemente superficial, se ha especializado en inventar términos hechos dificilísimos para tapar su propia ignorancia.
Existen dos clases de ciencia: la primera no va mas allá de las teorías. 

La segunda es la ciencia pura de los grandes iluminados, la ciencia objetiva del Ser.

Indudablemente no sería posible penetrar en el anfiteatro de la ciencia cósmica, si antes no hemos muerto en sí mismos.
Necesitamos desintegrar todos esos elementos indeseables que cargamos en nuestro interior, y que en su conjunto constituyen en sí mismo, el Yo.
En tanto la conciencia superlativa del ser continúe embotellada entre el mí mismo, entre mis propios conceptos y teorías subjetivas, resulta absolutamente imposible conocer directamente la cruda realidad de los fenómenos naturales en sí misma.

Si el germen no muere la planta no nace. Sólo con la muerte adviene lo nuevo.
Cuando el Ego muere, la conciencia despierta para ver la realidad de todos los fenómenos de la naturaleza tal cual son en sí mismos y por sí mismos.

La conciencia sabe lo que directamente experimenta por sí misma, el crudo realismo de la vida más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.

El objetivo de la enseñanza gnóstica, es el despertar de la conciencia.
“Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás el Universo y a los Dioses”, rezaba la inscripción en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos.

Es necesario que aprendamos a ir mas allá de nuestros conceptos, aún de los conceptos que tenemos acerca de nosotros mismos, si en verdad queremos conocer qué es lo que hay
mas allá de lo que para nosotros, hoy, la realidad.

Fragmento del Libro “La Gran Rebelión” 
de Samael Aun Weor.


¿Quién o qué puede garantizar que el concepto y la realidad resulten absolutamente iguales?

El concepto es una cosa y la realidad es otra y existe tendencia a sobreestimar nuestros propios conceptos.
Realidad igual a concepto es algo casi imposible, sin embargo nuestra mente hipnotizada por su propio concepto supone siempre que éste y la realidad son iguales.
Incuestionablemente cada cabeza es un mundo y en todos y en cada uno de nosotros existe una especie de dogmatismo pontificio y dictatorial que quiere hacernos creer en la igualdad absoluta de concepto y realidad.

Por muy fuertes que sean las estructuras de un razonamiento nada puede garantizar la igualdad absoluta de conceptos y realidad.

Desgraciadamente siempre queremos descubrir, ver en todo fenómeno natural nuestros propios prejuicios, conceptos, preconceptos, opiniones y teorías; muy pocos llegan a ser receptivos, ver lo nuevo con mente limpia y espontánea.

Cuando vemos en los fenómenos de la naturaleza exclusivamente nuestros propios conceptos, ciertamente no estamos viendo los fenómenos sino los conceptos.

La condición pontificia y dogmática del intelecto en modo alguno podría aceptar que tal o cual concepto que tengamos elaborado, no coincida exactamente con la realidad.

Tan pronto la mente, a través de los sentidos, observa tal o cual fenómeno, se apresura de inmediato a rotularla con tal o cual término que sólo viene a servir como parche para tapar la propia ignorancia.
La mente no sabe realmente ser receptiva a lo nuevo, más si sabe inventar complicadísimos términos con los cuales pretende calificar en forma auto-engañosa lo que ciertamente ignora.
Hablando esta vez en sentido Socrático, diremos que la mente no solamente ignora, sino además ignora que ignora.

La mente moderna es terriblemente superficial, se ha especializado en inventar términos hechos dificilísimos para tapar su propia ignorancia.
Existen dos clases de ciencia: la primera no va mas allá de las teorías.

La segunda es la ciencia pura de los grandes iluminados, la ciencia objetiva del Ser.

Indudablemente no sería posible penetrar en el anfiteatro de la ciencia cósmica, si antes no hemos muerto en sí mismos.
Necesitamos desintegrar todos esos elementos indeseables que cargamos en nuestro interior, y que en su conjunto constituyen en sí mismo, el Yo.
En tanto la conciencia superlativa del ser continúe embotellada entre el mí mismo, entre mis propios conceptos y teorías subjetivas, resulta absolutamente imposible conocer directamente la cruda realidad de los fenómenos naturales en sí misma.

Si el germen no muere la planta no nace. Sólo con la muerte adviene lo nuevo.
Cuando el Ego muere, la conciencia despierta para ver la realidad de todos los fenómenos de la naturaleza tal cual son en sí mismos y por sí mismos.

La conciencia sabe lo que directamente experimenta por sí misma, el crudo realismo de la vida más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente.

El objetivo de la enseñanza gnóstica, es el despertar de la conciencia.
“Hombre, conócete a ti mismo, y conocerás el Universo y a los Dioses”, rezaba la inscripción en el frontispicio del templo de Apolo, en Delfos.

Es necesario que aprendamos a ir mas allá de nuestros conceptos, aún de los conceptos que tenemos acerca de nosotros mismos, si en verdad queremos conocer qué es lo que hay
mas allá de lo que para nosotros, hoy, la realidad.

Fragmento del Libro “La Gran Rebelión”
de Samael Aun Weor.
FUENTE Thutam Guillamot 

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