miércoles, 17 de agosto de 2016

Introducción a los "Protocolos de los Sabios de Sión"

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del Sitio Web Editorial-Streicher
El siguiente texto que presentamos es la versión castellana completa de la Introducción o ensayo introductorio que escribiera Julius Évola en 1937 para la difundida edición italiana de ese año de "Los Protocolos de los Sabios Ancianos de Sión", donde delimita claramente y señala la diferencia entre la autenticidad u originalidad de dicho texto, del cual se ha probado que diversas partes coinciden con otros textos "literarios" anteriores, y la veracidad o verosimilitud del escrito, cuyo cumplimiento también se ha probado que se ha ido realizando con el correr de los años, al menos por vía de coincidencias, comprobación que lleva al autor a dar por confirmadas sus sospechas, como se verá.

 

Introducción a los...
"Protocolos de los Sabios de Sión"
por Julius Évola
Septiembre 1937

Seria difícil exagerar la importancia del documento titulado Los Protocolos de los Sabios de Sión.
Como pocos otros, este documento tiene valor de estimulante espiritual, revelando horizontes insospechados y llamando la atención sobre fundamentales problemas de acción y de conocimiento que en estas horas decisivas de la Historia occidental no pueden descuidarse ni aplazarse sin perjudicar gravemente el frente de aquellos que luchan en nombre del espíritu, de la tradición, de la verdadera civilización.
Cobran particular relieve dos puntos de los Protocolos.
  • El primero se refiere directamente a la cuestión hebraica.
  • El segundo es de alcance general y conduce a afrontar el problema de las verdaderas fuerzas que obran en la Historia.
Creemos oportuno desarrollar algunas consideraciones, indispensables si queremos señalar alguna orientación exacta, a fin de que el lector pueda darse cuenta perfectamente de ambos puntos.
Para indicar dicha orientación, ante todo es preciso encarar el famoso problema de la autenticidad del documento, problema sobre el cual se ha pretendido tendenciosamente concentrar toda la atención para medir el alcance y la validez del escrito, cosa, en verdad, pueril.
En efecto, se puede, sin más, negar la existencia de toda forma de dirección secreta de los acontecimientos de la Historia, pero no se puede admitir, aunque sólo sea por hipótesis, que tal cosa pueda verificarse, sin reconocer que se impone entonces un género de investigaciones muy diverso del que se basa en el documento en el sentido más grosero del término.
Aquí reside precisamente - según la justa observación de Guénon - el punto decisivo, que limita la importancia de la cuestión de la autenticidad:
en el hecho de que ninguna organización real y seriamente secreta, cualquiera sea su naturaleza, deja tras sí documentos escritos.
Tan sólo un procedimiento inductivo puede, pues, determinar la importancia y el alcance de textos como los Protocolos, lo que significa que el problema de su autenticidad es secundario, y que se lo debe reemplazar por el de su veracidad, mucho más serio y esencial.
Hace dieciséis años, al publicar el texto en italiano por primera vez [1921], Giovanni Preziosi había puesto de relieve, muy oportunamente, este punto.
La conclusión de la polémica que entre tanto se ha venido manifestando sobre este punto es la siguiente:
Aun suponiendo que los Protocolos no sean auténticos, en el sentido más restringido, pueden considerarse como si lo fuesen, y ello por dos razones capitales y decisivas:
  1. Los hechos demuestran su veracidad
  2. Responden indiscutiblemente a las ideas fundamentales del hebraísmo tradicional y moderno
Puesto que se ha hablado tanto del proceso de Berna, provocado por los Protocolos, será oportuno decir algo a su respecto, a fin de que el lector sepa a qué ha de atenerse y no se deje influir por informaciones tendenciosas.
El proceso de Berna no ha sido una maniobra del hebraísmo internacional, el cual trató de servirse de la justicia suiza - o, mejor dicho, de un juez suizo marxista - para obtener una especie de ratificación jurídica oficial acerca de la no autenticidad de ese documento, que constituye una verdadera espina en el ojo de Israel.
Y que se trató realmente de una maniobra, es cosa que se desprende de la misma ilegitimidad de plantear, en Berna, la cuestión de la autenticidad de los Protocolos.
La acusación se basaba en el artículo de la Ley del Cantón de Berna concerniente a la instigación por medio de la prensa y de la literatura inmoral.
Sobre esa base, desde el punto de vista rigurosamente jurídico, el tribunal de Berna no hubiera debido interesarse en lo absoluto por el problema de la autenticidad o falsedad de los Protocolos, limitándose a establecer si los Protocolos, verdaderos o falsos, debían o no condenarse en conformidad con la ley citada, como escrito susceptible de instigar a una parte de la población suiza contra la otra.
Fue el hebraísmo el que trató de desviar el proceso, concentrándolo en el problema de la autenticidad del documento, para llegar a la conclusión deseada.
Y a este respecto, son muy significativas las siguientes palabras del Gran Rabino de Estocolmo:
"Éste no un proceso contra Schnell y sus compañeros, sino que es el proceso de todos los israelitas del mundo contra todos sus detractores. Dieciséis millones de israelitas fijan la mirada sobre Berna".
Al cabo de un larguísimo procedimiento, el proceso, en primera instancia, terminó con la condena de Schnell, de la cual los hebreos, muy satisfechos, sacaron la consecuencia de que los Protocolos estaban definitivamente liquidados.
Fue un triunfo que duró muy poco...
En segunda instancia - Noviembre de 1937 - el tribunal de Berna anuló la primera sentencia, condenó a las comunidades hebreas acusadoras a pagar los costos del proceso y declaró que era cosa ajena a su competencia el pronunciarse de un modo o de otro acerca de la cuestión de la autenticidad.
Pero, entre tanto, la cuestión había sido planteada en el primer proceso. ¿Con qué resultados? Nuevamente negativos.
El frente hebraico había tratado de lograr sus fines valiéndose de los medios principales:
  1. falsas atestiguaciones
  2. tesis de plagio
Aquí no podemos detenernos en detalles, y nos limitamos a lo que sigue. [1]
Una tal señora Kolk, que como princesa Radziwill había sido rea confesa de estafa y falsificación, y condenada como tal en una investigación hábilmente concertada con la de una amiga suya y la de un tal conde Du Chayla, personaje éste más que sospechoso, paranoico, aventurero y traidor, condenado a muerte e indultado, declaró saber que los Protocolos fueron redactados en París, aproximadamente en 1905, por tres agentes de la policía secreta rusa, con el objeto de fomentar la campaña anti-judía.
Y bien: resulta que ese texto ya en 1893 se hallaba en poder de un tal Stefanoff, y en 1902 de Nilus, y que en 1903 ya había aparecido integralmente en el periódico ruso Snamja, vale decir, dos años antes de su presunta redacción en París.
Más aún: se ha demostrado que ninguno de los tres personajes rusos (Rotshkowsky, Manuiloff y Golowinsky) se hallaba en París en la época en que, según la señora Kolk, habrían procedido a la invención de los Protocolos.
El segundo punto se refiere a la cuestión del plagio, cuestión en la que se ha introducido un grave equívoco.
En efecto, el problema del valor de los Protocolos es muy diverso del que puede presentar una obra literaria, con respecto a la cual es decisivo el examen de su originalidad y del derecho de alguien a considerarse su autor.
Aquí se trata de muy otra cosa.
Ahora bien, ya en 1921 el Times planteó la cuestión del plagio, por el hecho de que el texto reproduce ideas y frases de un panfleto de un tal Jolly - él mismo semi-hebreo, revolucionario y masón - aparecido en 1865, y que trataba de los medios a emplear para realizar una política maquiavélica de dominación.
Esa analogía - o plagio - es verdadera, y no se limita únicamente a la obra de Jolly, pues se extiende a otras diversas obras anteriores.
Pero ¿qué puede significar esto?
Para resolver la cuestión de si los Protocolos corresponden o no a un programa formulado por una determinada organización oculta para alcanzar el dominio universal, es indiferente el hecho de que su autor los haya creado o escrito con total originalidad, o que, para redactarlos, también se haya servido de ideas y elementos de otras obras, cometiendo, desde el punto de vista literario, un plagio.
La polémica anti-judía ha identificado toda una serie de fuentes o antecedentes de los Protocolos, los cuales tienen su inspiración general en una corriente única de ideas y reflejan, a menudo en formas novelescas, la confusa sensación de una verdad.
Esa verdad es que toda la orientación del mundo moderno responde a un plan establecido y realizado por una determinada organización misteriosa.
Por estas vías, del problema de la autenticidad volvemos al de la veracidad. Con respecto al primero, el resultado del proceso de Berna ha sido, pues, negativo: los acusadores no han logrado demostrar que los Protocolos son falsos.
Pero, jurídicamente, el defensor no tiene por qué demostrar la autenticidad de un documento incriminado; es la acusación la que tiene que demostrar su falsedad.
Y como quiera que, a pesar de todos los esfuerzos del hebraísmo, a pesar de los testimonios concertados, la tesis de plagio, los documentos tendenciosos suministrados por los soviéticos, las maniobras que, en primera instancia, llegaron a hacer que no se acogiese ni siquiera a un testigo de la defensa, y a pesar de un dictamen pericial extremadamente unilateral de Loosli, conocido filo-judío, no se pudo establecer una verdadera prueba de falsedad.
El campo queda libre, y la cuestión de la autenticidad está liquidada, es decir, queda supeditada a una prueba dúplice de carácter superior, o sea, repetimos,
  1. A la prueba a través de los hechos
     
  2. A través de la esencia del espíritu hebraico
Aclaradas de este modo las cosas, convendrá hablar ahora del contenido de los Protocolos.
Los Protocolos contienen el plan de una guerra oculta, que tiene por objeto, ante todo, la destrucción completa de todo lo que en los pueblos no hebreos es tradición, casta, aristocracia, jerarquía, como asimismo de todo valor ético, religioso y sobrenatural.
A tal propósito, una organización internacional oculta, presidida por jefes reales que tienen noción clara de sus finalidades y de los medios apropiados para realizarlas, habría iniciado desde hace tiempo y seguiría desarrollando una acción unitaria invisible, a la cual habrían de referirse los principales focos de perversión de la civilización y de las sociedades occidentales:
liberalismo, individualismo, igualitarismo, libre pensamiento, iluminismo anti-religioso, con todos sus derivados y anexos, que conducen hasta la rebelión de las masas y al mismo comunismo.
Es importante poner de relieve que los Protocolos reconocen la absoluta falsedad de todas esas ideologías.
Se las habría creado y propagado únicamente como instrumentos de destrucción, y, en cuanto al comunismo, se declara lo siguiente:
"El hecho de que hemos logrado hacer que los no hebreos concibieran una idea tan errónea, constituye la prueba irrefutable del mezquino concepto que los mismos tienen de la vida humana, en comparación con el que tenemos nosotros, en lo que consiste nuestra esperanza de triunfo".
(Protocolo XV)
Pero no se habla solamente de ideologías políticas que han de infundirse sin que resulten comprensibles su significado y sus finalidades.
También se habla de una "ciencia" igualmente creada para los fines de una acción desmoralizadora general, y se hacen significativas referencias a la superstición del "progreso", al darwinismo, a la sociología marxista e historicista, etcétera, y a este propósito se dice:
"Los no hebreos ya no son capaces de razonar, en materia de ciencia, sin nuestra ayuda".
Y al mismo tiempo, se reconoce la falsedad de todas esas teorías (I, II, XIII).
En tercer lugar, una acción propiamente cultural: dominar los principales centros de la enseñanza oficial, controlar la opinión pública mediante el monopolio de la gran prensa, difundir en los países dirigentes una literatura desequilibrada y equívoca (XIV), es decir, ocasionar un derrotismo ético, como complemento del derrotismo social, que se acrecentará mediante un ataque contra los valores religiosos y sus representantes, que no ha de llevarse a efecto de frente y abiertamente sino fomentando la crítica, la desconfianza, el descrédito con respecto al clero (XVI, IV).
Se indica la "economización" de la vida como uno de los medios destructores más importantes:
de aquí la necesidad de contar con una falange de "economistas", instrumentos conscientes o inconscientes de los jefes disimulados.
Una vez destruidos los valores espirituales, que fueron la base de la antigua autoridad, reemplazándolos con cálculos matemáticos y necesidades materiales, debe empujarse a los pueblos hacia una lucha universal en que creerán perseguir la satisfacción de sus intereses y no se percatarán del enemigo común (IV).
Finalmente, alentar las ideas ajenas, y, en lugar de atacarlas, utilizarlas para la realización del plan final, por lo que se reconoce la oportunidad de defender los puntos de vista más diversos, desde el aristocrático o dictatorial hasta el anárquico o socialista, siempre que sus efectos converjan en el sentido del fin único (V, XII).
Asimismo, se considera,
  • la necesidad de destruir la vida familiar y se pone de relieve su influencia espiritualmente educadora (X)
  • la necesidad de embrutecer a las masas con deportes y distracciones de todo género, y de fomentar el lado pasional e irracional de las mismas, para quitarles toda facultad de discriminación (XIII)
Ésta es la primera fase de la guerra oculta, y su objetivo es la creación de un enorme proletariado, es la reducción de los pueblos a un amasijo de seres sin tradición y sin fuerza interior, después de lo cual se proyecta una acción ulterior, basada en la potencia del oro.
Los jefes ocultos controlarán el oro del mundo y, por su medio, al conjunto de pueblos desarraigados, con sus dirigentes aparentes y más o menos demagógicos.
Mientras que por un lado la destrucción procederá por medio de venenos ideológicos, rebeliones, revoluciones y conflictos de todo género, los amos del oro fomentarán las crisis internas generales, reduciendo a la Humanidad a tal estado de postración, de desesperación, de completa desilusión con respecto a todo ideal y a todo régimen, hasta convertirla en un objeto pasivo en manos de los dominadores invisibles, que entonces se manifestarán y se afirmarán como jefes absolutos del mundo.
En la cúspide estará el Rey de Israel, y la antigua promesa del Regnum del "pueblo elegido" se realizará. Ésta es la esencia de los "Protocolos".
El problema que plantean tiene diversos aspectos.
El judío Disraeli escribió una vez estas significativas palabras:
"El mundo está dominado por personas muy diversas de las que se imaginan aquellos que no se encuentran entre las bambalinas".
La importancia de los Protocolos consiste ante todo, y en todo caso, en que ocasionan esa sospecha, en que hacen presentir que la Historia tiene una tercera dimensión, que una inteligencia puede ocultarse tras los acontecimientos y los dirigentes aparentes, y que muchas presuntas causas no son sino efectos de una acción subterránea.
En particular, es importante lo que los Protocolos dicen a propósito de una mentalidad pseudo-científica, creada únicamente para los fines del plan preestablecido:
el modo científico o positivo de concebir la Historia podría caber exactamente en ello y servir al objetivo de distraer sistemáticamente la mirada del plano donde obran las verdaderas causas.
Nada es más significativo que el siguiente pasaje de los Protocolos (XV):
"Siendo de mentalidad puramente animal, los no-hebreos son incapaces de prever las consecuencias a que puede conducir una causa presentada bajo una luz dada.
Y es precisamente en esta diferencia de mentalidad existente entre nosotros y los no-hebreos donde podemos reconocer fácilmente que somos los elegidos de Dios y comprobar nuestra naturaleza sobrehumana, en comparación con la mentalidad instintiva y animal de los no-hebreos.
Éstos sólo ven los hechos, pero no los prevén y son incapaces de inventar cosa alguna, a no ser material".
Y se agrega (XV):
"Por lo que se refiere a nuestra política secreta, todas las naciones se hallan en estado infantil, y asi también sus gobiernos".
Ahora, el hecho de que la Historia de los últimos tiempos presente las fases de una obra sistemática y progresiva de destrucción espiritual, política y cultural, no es mera casualidad, y a este respecto los Protocolos nos ofrecen, por lo menos, eso que un sabio llamaría una hipótesis de trabajo, es decir, una idea-base, cuya verdad se reconfirma a través de su capacidad de organizar, en una investigación inductiva, un conjunto de hechos aparentemente esparcidos y espontáneos, haciendo resaltar su lógica y su dirección única.
Éste es el segundo punto que conviene dejar asentado.
El hecho es que el contenido de los "Protocolos", en su primera parte, referente a las fases y vías de la destrucción, corresponde de manera impresionante a lo que se ha verificado o se viene verificando en la Historia de los últimos tiempos:
casi como si los jefes de los distintos gobiernos, los dirigentes aparentes de los distintos movimientos y todos aquellos que durante el último siglo han hecho la Historia, no hubiesen sido sino ejecutores inconscientes de otras tantas partes de un plan establecido, pre-anunciado desde hacía mucho tiempo, así sea por ese texto como por otros, a los que ya hemos aludido.
Hugo Wast pudo escribir:
"Los Protocolos podrán ser falsos; pero se realizan maravillosamente".
El Kahal-Oro, Buenos Aires, 1975, p. 30, nota 2
Y Henry Ford, en el diario World del 17 de Febrero de 1921 dice:
"La única apreciación que puedo formular acerca de los Protocolos, es que concuerdan perfectamente con lo que está sucediendo.
Datan de diez y seis años atrás [Ford se refería a la primera edición hecha por Nilus, pero la polémica anti-judía ha comprobado que es posible remontarse a por lo menos veinte años atrás, y que el mismo Bismarck pudo conocer el documento original], y desde entonces correspondieron a la situación mundial y aún hoy indican su ritmo".
La Historia misma ofrece, pues, una prueba de la veracidad de los Protocolos, y tal que contra ella todas las acusaciones de los adversarios resultan impotentes, y toda dificultad en "creer" y en plantearse el problema, por parte de los "espíritus positivos", indica superficialidad y, más aún, irresponsabilidad, falta de objetividad y mucha prevención.
Gracias al capitalismo, la mentalidad del ghetto escaló las civilizaciones arias, pero creando también las premisas necesarias para la rebelión de las masas obreras.
Pero he aquí que también son hebreos Marx, Lassalle, Kautsky y Trotski, los que suministran a las masas, mediante una deformación materialista del mito mesiánico, las armas ideológicas más poderosas, y que subordinan su movimiento a una finalidad bien definida:
la destrucción de todo resto superviviente de verdadero orden y de diferenciada civilización.
Una táctica oculta guía hacia igual fin los conflictos internacionales más decisivos, la plutocracia hebrea arma ocultamente al militarismo, en tanto que, por otra parte, la ideología hebraico-masónica del liberalismo y de la democracia prepara oportunos frentes.
Estalla la conflagración mundial de 1914-1918, cuyo verdadero sentido, según declaraciones oficiales de un Congreso internacional masón que se llevó a cabo en París en el verano de 1917, fue la guerra santa de la democracia,
"la coronación de la obra de la Revolución francesa",
...teniendo por mira no ya esta o aquella reivindicación territorial, sino la destrucción de los grandes Imperios europeos y la constitución de la Sociedad de Naciones como súper-Estado democrático y masón omnipotente.
El capitalismo hebraico estadounidense subvencionó a la Revolución rusa - a la que tampoco fue ajena la masonería inglesa - y en el momento en que, gracias al derrumbe de Rusia, un primer objetivo quedó realizado, Norteamérica intervino directamente sin ninguna razón seria, y los Imperios Centrales siguieron el destino de Rusia.
Después de la guerra la llama revolucionaria se propagó por todas partes, así en las naciones vencidas como en las vencedoras, y la potencia del hebraísmo realizó un salto prodigioso hacia adelante, ya sea gracias al endeudamiento universal, ya sea gracias a una secreta dictadura en el Estado soviético, ya sea por medio del gobierno de la opinión pública mundial y de una acción cultural general.
Fracasados los objetivos más directos de la rebelión, se inició una nueva fase.
La Tercera Internacional cambió bruscamente de táctica aliándose con la Segunda Internacional, con los Frentes Populares y con las grandes democracias capitalistas, revelando así los hilos comunes de la guerra secreta.
Después del fracaso de las sanciones, los acontecimientos se precipitaron, los soviets provocaron la revolución en España, Moscú entró en decidida alianza con la Francia hebraico-masónica y, obrando de concierto con la política anti-fascista de Inglaterra, desempeña una función directiva en la Sociedad de Naciones.
Se preparan formaciones decisivas. [2]
Son exactamente las frases pre-finales del plan de los Protocolos. En realidad, tomar como base las ideas-madres de ese escrito "apócrifo" significa poseer un seguro hilo conductor para descubrir el significado unitario más profundo de las más importantes subversiones de los últimos tiempos.
Y es precisamente por ello que Adolf Hitler, sin vacilar, reconoció a tal escrito el valor del reactivo más poderoso para el despertar del pueblo alemán.

Después de lo cual, podemos pasar a consideraciones ulteriores acerca de la prueba de veracidad de los Protocolos, no solamente como sigillum veri [sello o signo de la verdad] sino también como documento de una acción específicamente hebrea.
En rigor, aun admitiendo una causalidad superior como fondo de la subversión occidental, queda por demostrar que precisamente el hebreo sea el único y verdadero responsable.
En otras palabras, aun admitiendo la posible existencia de los Sabios, se trata de ver si ellos son precisamente Sabios de Sión, tanto como para alejar la sospecha de una tendenciosa interpretación que busque un alibi [una justificación] para inculpar al hebreo toda subversión y por lo tanto para justificar una campaña anti-judía extremista.
Sin duda, el problema se impone, pero dentro de los límites en que puede tener un sentido con respecto a una organización, por hipótesis, oculta.
Ya en la masonería los dignatarios de los grados más elevados ignoran quiénes son precisamente los así llamados "superiores desconocidos", a quienes obedecen, y que hasta podrían hallarse a sus lados sin que puedan darse cuenta.
No se pretenderá, pues, que para encarar los problemas que se desprenden de los Protocolos en relación al problema hebraico, alguien comience por mostrar las cédulas de identidad, debidamente comprobadas, de los Sabios.
Pero ello no impide ensayar un proceso indiciario bien definido.
Diremos en seguida que nosotros, personalmente, no podemos seguir, aquí, a un determinado anti-judaísmo fanático que, viendo en todas partes al hebreo como un deus ex machina, termina por caer víctima de una especie de lazo.
Con razón Guénon observó que uno de los medios que las fuerzas disimuladas emplean para defenderse consiste a menudo en hacer que tendenciosamente converja toda la atención de sus adversarios sobre aquellos que sólo en parte son causa real de determinadas subversiones.
Indicando de este modo una especie de víctima expiatoria, conquistan toda la libertad para proseguir en su juego. Vaya esto, en cierta medida, también para la cuestión hebrea.
La comprobación del papel funesto que el hebreo desempeñó en la historia de la civilización no debe impedir una indagación más profunda, que nos haga advertir fuerzas de las que el mismo hebraísmo habría podido ser, en parte, tan sólo instrumento.
En los Protocolos, por lo demás, a menudo se habla promiscuamente de hebraísmo y de masonería.
Se lee "conspiración masónico-hebraica", "nuestra divisa masónica", y al pie de su primera edición se lee:
"Firmado por los representantes de Sión del grado 33".
Dado que la tesis según la cual la masonería sería exclusivamente una creación y un instrumento hebraicos es, por diversas razones, insostenible, se plantea la necesidad de referirse a una trama mucho más vasta de fuerzas ocultas pervertidoras, que nosotros hasta nos inclinamos a no limitar a elementos puramente humanos.
Las principales ideologías aconsejadas por los Protocolos como instrumentos de destrucción, y que efectivamente han aparecido con tal significado en la Historia (liberalismo, individualismo, cientismo, racionalismo) no son, por lo demás, sino los últimos anillos de una cadena de causas que no pueden concebirse sin antecedentes como, por ejemplo, el Humanismo, la Reforma y el cartesianismo, fenómenos que nadie pretenderá seriamente atribuir a una conjuración hebraica, como Nilus parece creer en su anexo, considerando que la conjuración hebraica se haya iniciado nada menos que en el año 929 antes de Cristo. [3]
En cambio debemos restringir la acción destructora positiva de la Internacional hebraica a un período mucho más reciente, y reflexionar que los hebreos encontraron un terreno ya minado por procesos de descomposición y de involución, cuyos orígenes se hallan en tiempos mucho más remotos y que se unen en una cadena de causas muy compleja: [4]
los hebreos utilizaron ese terreno, injertaron, por así decir, su acción, acelerando el ritmo de tales procesos. Su papel de ejecutores de la subversión mundial no puede ser, pues, absoluto.
Los Sabios de Sión constituyen en realidad un misterio mucho más profundo de lo que puede suponer la mayor parte de los anti-judíos, y así también, aunque bajo un aspecto diverso, aquellos que creen que todo comienza y termina en la Internacional masónica, y otros por el estilo.
Según nosotros, esta restricción se impone.
Pero, en el dominio que la misma deja libre, aquel proceso indiciario a que hemos aludido y que constituye la segunda base de la veracidad de los Protocolos, tiene sin más su razón de ser y conduce a resultados bien definidos.
Aquí es preciso distinguir dos aspectos, práctico el uno, doctrinario el otro.
Acerca del primero,
  • ¿Hemos de creer realmente que tantos acontecimientos, que se han resuelto en otras tantas victorias del hebraísmo, son casuales, y que asimismo es casual la presencia infalible de hebreos o semi-hebreos o emisarios del hebraísmo, en gavilla con la masonería judaizada, en todos los principales focos de la moderna subversión social, política y cultural?
  • ¿Debemos ignorar el hecho de que Israel se ha mantenido unido, a pesar de la dispersión, y que exponentes del hebraísmo, casi repitiendo textualmente las palabras de los Protocolos, reconocieron que dicha dispersión tiene caracteres providenciales, pues facilita el dominio universal que tiene prometido Israel?
Y, obsérvese a este respecto, también existe una unidad muy diversa de la abstracta e ideal. Israel, célula inasimilable en todas las naciones, pueblo en el interior de todos los pueblos, y en algunos casos hasta Estado dentro del Estado - como, por ejemplo, en Checoslovaquia - tiene su propio Parlamento supranacional, con delegados legítimos elegidos por los hebreos de cada país, el cual Parlamento efectúa normalmente sus congresos y adopta sus decisiones, sin estar obligado, naturalmente, a suministrar un informe completo y público al Goy (al no-judío) en busca del "documento".
Por otra parte, existe un dominio en que las suposiciones y las inducciones ceden su lugar al lenguaje de la más cruda estadística; vale decir, es un hecho que dondequiera que el hebreo ha obtenido la emancipación y la paridad, no se ha servido de ellas para ponerse en relaciones normales con los Goyim, sino para escalar inmediatamente los principales puestos de mando y las posiciones sociales privilegiadas, y para desarrollar, más o menos manifiestamente, una hegemonía en el verdadero sentido de la palabra.
Hayan sido o no solapadamente lanzados por los Sabios los principios de la democracia y del liberalismo, el hecho es que en todos los países y en todas las épocas en que tales principios prevalecieron, el hebreo invadió parasitaria o dictatorialmente los estratos más altos de la cultura y de la sociedad, ejerció una acción destructora y corrosiva indudable, estableció las filas de una solidaridad internacional de raza que - aun prescindiendo del plan de una verdadera guerra secreta - tiene ya las características de una conjuración.
¿Se trata, otra vez, de una "casualidad"?.
Pero en el fondo este aspecto práctico de la acción hebraica se vincula con el problema teorético.
Para encuadrar bien el problema hebraico y comprender el verdadero peligro del hebraísmo, es preciso partir de la premisa de que en su base no es tanto la raza - en sentido estrictamente biológico - lo que está, sino la Ley.
La Ley es el Antiguo Testamento, la Torá, pero también, y sobre todo, son sus ulteriores desarrollos, la Mishná y esencialmente el Talmud.
Se ha dicho muy justamente que, así como Adán fue plasmado por Yahvé, asimismo el hebreo ha sido plasmado por la Ley; y la Ley, en su influencia milenaria, a través de las generaciones, ha despertado especiales instintos, y un particular modo de sentir, de reaccionar, de comportarse, entró en la sangre, hasta el punto de seguir obrando aun prescindiendo de la conciencia directa y de la intención del individuo.
Así es cómo la unidad de Israel perdura a través de la dispersión, en función de una esencia, de una incoercible manera de ser.
Y junto a tal unidad subsiste y obra siempre, fatalmente, de modo atávico e inconsciente, o de modo deliberado y serpentino, su principio, la Ley hebraica, el espíritu del Talmud.
Aquí es donde interviene otra prueba decisiva de la veracidad de los Protocolos como documento hebraico, pues deducir de esa Ley todas sus consecuencias lógicas en términos de un plan de acción, significa - exactamente - llegar más o menos a cuanto se encuentra de esencial en los Protocolos.
Y es esencial este punto:
que mientras el hebraísmo internacional empeñó todas sus fuerzas en el sentido de demostrar que los Protocolos son falsos, ha evitado siempre y con el mayor cuidado el problema de ver hasta qué punto tal documento, sea falso o verdadero, corresponde al espíritu hebraico.
Y éste es precisamente el problema que ahora entendemos considerar.
La esencia de la Ley hebraica,
  • Es la distinción radical entre el hebreo y el no-hebreo más o menos en iguales términos que entre hombre y bruto, entre elegidos y esclavos.
  • Es la promesa de que el Reinado universal de Israel, tarde o temprano, llegará, y de que todos los pueblos han de yacer bajo el cetro de Judá.
  • Es el deber, para el hebreo, de no reconocer en ninguna ley que no sea la suya nada más que violencia e injusticia y acusar un tormento, una indignidad, dondequiera que el dominio, que él tiene, no sea el absoluto dominio.
  • Es la declaración de una doble moral, que restringe la solidaridad a la raza hebraica, mientras ratifica toda mentira, todo engaño, toda traición en las relaciones entre hebreos y no-hebreos, considerando a los segundos como una especie de seres al margen de la ley.
  • Es, finalmente, la santificación del oro y del interés como instrumentos de la potencia del hebreo, solamente al cual, por promesa divina, pertenece toda la riqueza de la Tierra y que ha de devorar todo pueblo que el Señor le dé.
En el Talmud se llega a decir:
"Al mejor entre los no-hebreos (goyim) mátalo".
En el Shemoré Esré, plegaria hebraica cotidiana, se lee:
"Que los apóstatas pierdan toda esperanza, que los Nazarenos y los Minim [cristianos] mueran de improviso, sean borrados del libro de la vida y no se cuenten entre los justos".
"Ambición sin límites, codicia devoradora, un deseo despiadado de venganza y un odio intenso",
...se lee en los Protocolos (XI), y difícilmente podría darse expresión más adecuada de lo que resulta patente a todo aquel que penetre la esencia judaica.
Y jamás ha perdido el hebreo la esperanza del Reino, antes bien, en ella reside en gran parte el secreto de la fuerza inaudita que ha mantenido en pie y ha conservado igual a sí mismo a Israel, tenaz, obstinado y cobarde al mismo tiempo, a través de los siglos.
Aún hoy, anualmente, en la fiesta del Rosh Ha-Shaná [año nuevo judío], todas las comunidades hebraicas evocan la promesa:
"Levantad las palmas y aclamad jubilosos a Yahvé, pues él, el altísimo, el terrible, someterá a todas las naciones y las pondrá a vuestros pies".
Sobre tal base, la convergencia teórica entre la esencia de los Protocolos y la del hebraísmo es indiscutible, y se llega a la consecuencia de que, aun cuando los Protocolos hubieran sido inventados, su autor habría escrito lo que hebreos fieles a sus tradiciones y a la voluntad profunda de Israel pensarían y escribirían.
No se crea que éstas sean exhumaciones retrospectivas y que la Ley sea un mito religioso enterrado en un remoto y superado pasado.
Hay muchos más hebreos fieles a su tradición de cuantos se supone o se deja suponer.
Pero es preciso reconocer que no se limita a ellos la acción del hebraísmo: la acción de una ley, observada ininterrumpidamente por espacio de siglos, no se disipa de hoy a mañana, sino que, en una o en otra forma, se manifiesta donde quiera se encuentre la substancia hebraica.
Y por lo que se ha dicho poco más arriba acerca de la esencia de la Ley, la cual induce a conceptuar injusta y violenta toda organización que no tenga por vértice al pueblo elegido, es fatal que el hebreo se sienta inducido, más o menos conscientemente, a toda agitación, a toda subversión, a un trabajo incesante de corrosión.
Esto se ha verificado actualmente y se verificará siempre.
Ya en el período clásico, la raza hebrea fue identificada muy significativamente con la tifónica, es decir, con las fuerzas obscuras disgregadoras, enemigas del dios solar, engendradora de los así llamados,
"hijos de la rebelión impotente".
El mismo Teodoro Herzl, fundador del sionismo, ha reconocido que los judíos, por un lado, constituyeron el cuerpo de los suboficiales de todos los movimientos revolucionarios, y, por otro lado, empuñaron el terrible poder del oro.
Y la oposición entre las dos Internacionales, la revolucionaria y la financiera, es tan sólo aparente y sólo responde a la diversidad de dos objetivos estratégicos, escondidos tras la escena de la Historia occidental; y el caso del millonario hebreo Schiff, que se jactó públicamente de haber subvencionado la Revolución bolchevique, es significativo y vale por muchos otros. [5]
 
Aquí debemos llamar la atención también sobre la obra destructora que el hebraísmo, tal como establecen las disposiciones de los Protocolos, ha efectuado en el terreno propiamente cultural, protegido por los tabúes de la Ciencia, del Arte y el Pensamiento.
  • es judío Freud, cuya teoría tiende a reducir la vida interior a instintos y fuerzas inconscientes, o a convenciones y represiones
  • lo es Einstein, que puso de moda el relativismo
  • lo es Lombroso, que formuló aberrantes ecuaciones entre el genio, la delincuencia y la locura
  • lo es Stirner, padre de la anarquía integral
  • lo son Debussy - como medio hebreo - Schönberg y Mahler, exponentes principales de la música de la decadencia
  • hebreo es Tzara, creador del dadaísmo, límite extremo de la disgregación del arte de vanguardia
  • asimismo son hebreos Reinach y muchos exponentes de la así llamada "escuela sociológica", de la que es propia una degradante interpretación de las antiguas religiones
  • hebreo es Nordau, que pretende reducir la esencia de la civilización a convenciones y mentiras
  • la mentalidad primitiva es en gran parte un descubrimiento del hebreo Lévy-Bruhl, así como al hebreo Bergson se debe una de las formas más típicas del irracionalismo y de exaltación de la vida y del devenir, contra todo principio intelectual superior.
  • hebreo es Ludwig, con sus biografías que son otras tantas deformaciones tendenciosas.
  • hebreos son Wassermann, Doeblin y, con ellos, toda una falange de novelistas, en cuyas obras se repite constantemente una larvada y corrosiva crítica de los principales valores sociales. Y así sucesivamente
¿Seremos tan ingenuos para afirmar que todo esto sólo es cuestión de casualidad?
De todas esas personalidades, a quienes uno no puede tocar sin que le griten "bárbaro" o "fanático racista", emana una misma influencia, que se propaga en los respectivos dominios con resultados de destrucción.
Envilecer, remover todo punto firme, tornar problemática toda certeza, sub-rayar tendenciosamente todo lo que hay de inferior en el hombre, esparcir una especie de temor pánico, que favorezca el abandonarse a merced de fuerzas obscuras y así allanar el camino para una acción oculta del tipo de la que indican los Protocolos:
tal es el verdadero sentido del hebraísmo cultural.
Al respecto del cual, no hablaremos de plan preconcebido, y ni siquiera de una definida intención por parte de los autores aisladamente considerados:
es la raza, es un instinto que obra, al igual que el quemar es propio de la naturaleza del fuego, lo cual no impide que toda esa acción esparcida y casual vaya perfectamente al encuentro de la oculta, deliberada y unitaria de las fuerzas obscuras de la subversión mundial.
Para reconocer la existencia de la Internacional hebraica, no es, pues, necesario admitir que todos los hebreos están dirigidos por una verdadera organización y que toda su acción obedezca deliberadamente a un plan.
El coligamiento se produce en gran parte automáticamente, en función de esencia. Una vez que se consiga ver esto con claridad, queda confirmado, sin más, otro aspecto de la veracidad de los Protocolos.
Lo que, en cambio, puede aparecer dudoso, es la naturaleza de los fines últimos de esa acción indiscutible. La parte problemática de los Protocolos es la que se refiere a la reconstrucción, no a la destrucción.
Cuando Nilus identifica apocalípticamente el ideal último de los Protocolos a la aparición del Anticristo - idea fija del alma eslava - navega en lo fantástico.
Lo que es verdad, en cambio, es que tal ideal en el fondo no es ni más ni menos que un ideal imperial, y hasta en una forma superior una autoridad absoluta e inviolable de derecho divino, un régimen de castas, un gobierno en manos de hombres que poseen un conocimiento trascendente y que se ríen de todo mito racionalista, liberal y humanitario, de la defensa de los artesanos y de la lucha contra el lujo.
El oro, habiendo dado término a su misión, quedará relegado; lo mismo dígase de toda demagogia, de los "inmortales principios" o de todas las ilusiones y sugestiones usadas y propinadas como medios.
Promesa de paz y de libertad, respeto de la propiedad y de la persona, para todos los que reconozcan la Ley de los Sabios de Sión. El Soberano, predestinado por Dios, se consagrará a destruir toda idea dictada por el instinto y por la animalidad.
Casi una personificación del destino, será inaccesible a la pasión, dominador de sí mismo y del mundo, indomable en su poder, y tal que no necesitará tener a su alrededor ninguna guardia armada (III, XXII, XXIII y XXIV).
La importancia de los Protocolos resulta alterada si no se separa esta parte de todo el resto, pues que, si tal fuese el fin, todo en el fondo podría justificarse. Pero esto, para nosotros, es fantasía.
Nosotros hemos tratado de analizar el proceso que ha conducido a la asociación paradojal entre esos retornos de ideas tradicionales, vinculados con el ideal del Regnum, y los temas de la subversión anti-tradicional:
se trata de la desviación, que llega a ser una verdadera inversión, que pueden experimentar determinados elementos, cuando el espíritu originario se retrae de ellos y, quedando abandonados, vienen a hallarse bajo la acción de influencias de género muy diverso.
Hemos tratado de identificar las fases sucesivas de semejante inversión y perversión.
La parte positiva, controlable, en el documento en cuestión, es la otra, es todo aquello que nos deja presentir, en el conjunto de los procesos destructores del mundo moderno, algo que no es casualidad, algo así como un plan, y la presencia de potencias ocultas.
En cuanto al papel que desempeña el hebreo en todo esto, ya hemos dicho lo que pensamos, y creemos que sería abusivo pensar que todo lo que él ha hecho, lo haya hecho teniendo como mira el ideal del Imperio espiritual, tal como lo describen los Protocolos.
Y aún cuando ello fuese cierto, para nosotros, que no somos hebreos, significaría lo mismo, pues negamos el derecho de Israel a considerarse "pueblo elegido" y a reivindicar para sí un Imperio cuya condición previa consistiría en subyugar a las otras razas. Y en ningún caso estamos dispuestos a pronunciar absoluciones.
Nosotros sabemos lo que tenía de grande nuestra antigua Europa imperial, aristocrática y espiritual, y sabemos que esa grandeza ha sido destruida.
Hemos entrado en campo contra las fuerzas que han llevado a efecto dicha destrucción, y sabemos el papel que en ella han tenido y tienen los hebreos, que aún hoy se hallan infaliblemente presentes en todos los focos virulentos de la Internacional revolucionaria. Esto basta, y no necesitamos plantearnos ulteriores problemas.
Antes bien, lo que necesitamos es reconocer que la mayor parte de las posiciones que ocupa el anti-judaísmo se hallan por debajo de la verdadera función que debería incumbirles, pues con la idea,
  • de raza
  • de nación
  • de contra-revolución
  • de anti-bolchevismo
  • de anti-capitalismo,
...y así sucesivamente, se podrá herir a este o aquel sector del frente hebraico, y del frente más vasto de la subversión, con el cual está vinculado, pero no se llegará a su centro mismo.
Los mitos políticos de los más son poca cosa, su aliento es demasiado breve y su validez está a menudo atacada por los mismos males a los que entenderían poner remedio.
Lo que se impone, en cambio, es el retorno integral a la idea espiritual del Imperio, es la voluntad precisa, dura, absoluta, de una reconstrucción realmente tradicional, en todos los dominios y, por ello, ante todo, en el del espíritu, del cual depende todo el resto.
En los Protocolos (V) hay una alusión realmente significativa:
Se reconoce que solamente el dominador que base su autoridad en un "derecho divino" podrá aspirar realmente al Imperio universal; y poco después se agrega:
Sólo en caso de que en el campo enemigo apareciera algo semejante, habría alguien en condiciones de luchar con los Sabios Ancianos.
Y entonces el conflicto entre él y ellos,
"sería de tal carácter, como el mundo no conoce aún igual".
En ese punto, los Protocolos dicen:
"Pero ya es demasiado tarde para ellos", es decir, para nosotros.
Y nosotros estamos convencidos de lo contrario.
Ésta es ya la hora en que las fuerzas surgen en todas partes a la revancha, porque han visto la faz del destino en que Europa estaba por caer.
Todo depende,
  • de que tales fuerzas lleguen a la plena conciencia de sus cometidos y de los principios que han de seguir inflexiblemente en su acción
  • de que tengan el valor de un radicalismo primeramente espiritual y rechacen todo compromiso o transacción, toda concesión
  • de que elaboren las condiciones necesarias para constituir un frente de la Internacional Tradicional,
...y procedan por ese camino hasta el punto en que la hora del "conflicto, cuyo igual el mundo no ha visto", las encuentre reunidas en un bloque compacto, inquebrantable, irresistible
Referencias
[1] Los lectores que deseen detalles acerca del proceso de Berna pueden leer, particularmente, la obra Das Berner Fehlurteil über die Protokole, de S. Vasz, Erfurt, 1935.

[2] Para una óptima reconstrucción de la "guerra oculta", señalamos al lector el libro La Guerre Occulte, de Malinsky y De Poncins (París, 1936).

[3] También aquí Nilus parece traducir la sensación de una verdad confusamente sentida. Las diversas etapas de la marcha de la Serpiente destructora, que él indica, son en gran parte exactas, pero deben considerarse en un cuadro mucho más vasto y objetivo:
  • caída de la antigua Hélade dórico-sacral y advenimiento de la Hélade "humanística", degeneración del Imperio romano
  • degeneración absolutista del Sacro Imperio Romano (Carlos V) y Reforma; preparación de la Revolución francesa (iluminismo, racionalismo, absolutismo)
  • acción anti-tradicional de la Inglaterra mercantilizada
  • ataque contra Austria y acción secreta en el seno de Alemania
  • previsión del bolchevismo, punto de llegada de la Serpiente
[4] Véanse las obras Crisi del Mondo Moderno, de René Guénon, traducción italiana, Milán, 1937, y Rivolta contro il Mondo Moderno, de Julius Évola, 1935.

[5] El caso del agente de Israel, el magnate judío Armand Hammer, es también ilustrativo. Mantiene los contactos entre las dos súper-potencias judías, la capitalista y la marxista, EE.UU. y Rusia.

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