miércoles, 7 de septiembre de 2016

¿Qué pasaría si dejásemos a un niño que jugara toda la vida, sin ir nunca a la escuela?

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Hace un tiempo llegó a mis manos un poderoso libro, uno de esos que te hace replantearte muchas cosas, sobre todo tu labor educativa desde la posición que sea; como madre, padre, como maestro/a, educador,…
El libro, escrito en primera persona, cuenta la historia de un niño, André Stern, un niño como cualquier otro, “un niño banal” dice él, pero que nunca pisó una escuela y sus padres tampoco le dieron clase en casa.
Y aun así, hoy en día es un músico, compositor, lutier (construye instrumentos), autor y periodista que ama
lo que hace. Y además habla cinco idiomas y ha fundado el movimiento “ecología de la educación”.
¿Pero cómo pudo conseguirlo? ¿Quién le enseñó a leer o a escribir, o las operaciones aritméticas? ¿Es posible que lo aprendiera por sí mismo?
La respuesta es sí, y no hace falta ser un genio, lo hizo a través del juego.

Yo nunca fui a la escuela

El libro de André Stern “Yo nunca fui a la escuela. La historia de una infancia feliz”  es un libro que ha triunfado en Alemania y en Francia (va por su 6ª edición), y ha abierto un importante debate sobre la educación.
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André fue educado con una absoluta confianza en sus capacidades de autoaprendizaje. Así que nunca pisó una escuela, creció jugando,experimentando, ocupando sus horas con todo aquello que le interesaba de forma espontánea. Sin imposiciones externas de ningún tipo.
Él dice que lo primero que hace un niño cuando se le deja “tranquilo” es jugar, y jugar es la mejor herramienta para conseguir aprendizajes.
Hemos montado el sistema educativo de tal manera que hemos conseguido separar el juego del aprendizaje, pero los niños no aprenden así, para los niños ¡jugar y aprender es lo mismo!
Un niño al que no se le impone nada, sino que se le deja jugar tranquilo, juega con entusiasmo, con curiosidad y eso le lleva a descubrir el mundo.

La experiencia de André Stern con los juegos de construcción

Uno de los apartados que más me ha llamado la atención del libro de Stern es el que dedica a las piezas de construcción. El partido que le sacó a sus ratos de juego construyendo, me dejó impresionada.
Cuenta  Stern en su libro que ya desde muy pequeño las piezas básicas le dieron una idea muy clara de ciertas nociones matemáticas y geométricas.
Por ejemplo, habla así de las piezas de 8 puntos de unión, que era las que él consideraba básicas por su forma rectangular similar a un ladrillo real…
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“Era evidente, solo con observar cómo se ensamblaban, que la anchura de esas piezas era la mitad de su longitud, y que dos era la mitad de cuatro, y cuatro la mitad de ocho.
Encajando dos de mis piezas básicas, no una encima de la otra sino ligeramente desplazadas en paralelo, de manera que solo hubiera una línea de puntos de unión entre ellas, se obtenía otra constatación del mismo hecho. 
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Las piezas cuadradas de cuatro puntos de unión las consideraba como medio ladrillo.”
De esta manera Stern ¡pudo aprender tanto!
Más tarde se entusiasmó descifrando planos de montaje, y así supo cómo respetar la ergonomía y la cronología de los montajes que podía construir él mismo, lo que le llevó a comprender importantes leyes y trucos de la mecánica.
Es que si lees el libro te quedarás con la boca abierta (como yo) y te despertará un nido de reflexiones durante días.

Observación de campo: ¿mi hija puede ser como Stern?

Después de leerlo, me propuse observar durante unos cuantos días cómo juega Sunflower con las mismas piezas de construcción que usaba Stern (adaptadas a su edad claro está) y la verdad es que me he sorprendido del rendimiento y del juego que le han dado.
Esto es lo que he observado (sin intervenir, guiar o sugerir):

(1) Juego simbólico y construcción libre

Su principal ocupación inicialmente ha sido la construcción libre y el juego simbólico. Construía cada vez de forma diferente la casita de sus animales e inventaba cuentos, en los que mostraba gran entusiasmo.
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(2) Descifrar y aprender planos de montaje

Cuando descubrió el librito con sugerencias y varios planos de montaje que venía en el maletín, empezó a montar y a desmontar una y otra vez siguiendo las instrucciones visuales, hasta que ya era capaz de hacerlo de memoria y entonces luego cambiaba los colores o les hacía modificaciones a su gusto.
Después nos pedía más planos, para aprenderse nuevos patrones, y se los buscábamos en internet, como este de la ardilla, que incluso sirve para decorar la mesa de estación del otoño, o el del elefante. Son de la web de LEGO DUPLO.
 
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(3) Crear nuevas texturas

Esta es otra actividad que le gusta y busca a menudo, ya sea con plastilina, con pintura y con otros elementos como arena o agua. ¡Los bloques le han dado mucha inspiración!
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(4) Descubrir alturas

Hubo un día que espontáneamente creó una torre igual que uno de sus troncos de madera, esto le dio pie a crear diferentes alturas buscando la igualdad, lo que ha ido recreando en varias ocasiones.
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Conclusiones

Me queda la certeza de que la curiosidad y el entusiasmo que un niño/a desprende en su juego, cuando este juego es espontáneo (no dirigido), le lleva a hacer grandes aprendizajes.
Mi hija sin darse cuenta ha estado trabajando un montón de conceptos y habilidades espaciales, numéricas, verbales, matemáticas, sensoriales, de psicomotricidad…
Así que sí, estoy de acuerdo con Stern, “no hay nada mejor que el juego para aprender”.
Te animo a que hagas la prueba con tus hijos, observa cómo juegan, qué descubren por sí mismos con los bloques de construcción y me encantará que me lo cuentes.
Sabiendo que el juego es lo mejor para aprender, no hay nada mejor que el juego para aprender – André Stern
FUENTE http://www.demicasaalmundo.com

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