viernes, 14 de octubre de 2016

Obsolescencia PROGRAMADA: el arte de CREAR para que se ROMPA y compres MÁS

unsurcoenlasombra.com
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Francia y la UE quieren poner leyes para combatir y castigar la obsolescencia programada.
En el centro de reparación de Koopera, un grupo de cooperativas sin ánimo de lucro del norte de España, casi no se reparan frigoríficos. “No vale la pena. La mayoría llegan con fugas de gas que no podemos localizar porque las tuberías están incrustadas dentro de los muebles, y cada vez es más difícil desmontar los muebles. Hace años se podía llegar a cualquier pieza, pero ahora son todo obstáculos”, explica Txelio Alcántara, técnico del taller. “También es cada vez más difícil arreglar aparatos pequeños. Les ponen tornillos de seguridad, que solo giran para cerrar, y ni siquiera podemos abrirlos”.
Ordenadores desechados en un punto limpio de Madrid.
Cafeteras, máquinas de afeitar, secadores de pelo, microondas, frigoríficos, lavadoras, ordenadores… Miles de aparatos acaban en la basura antes de tiempo porque es demasiado caro repararlos, por falta de repuestos o porque no hay modo de desmontarlos. Es una forma reconocida de obsolescencia programada, una manera de acortar la vida de un producto antes de que se desgaste. Un caso sonado fue la demanda colectiva a la que tuvo que enfrentarse Apple en 2003 por no ofrecer baterías de recambio para sus reproductores MP3. Los demandantes, tras probar que las baterías se estropeaban antes que el aparato, ganaron el juicio y obligaron a la empresa a fabricar repuestos.
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Muy pocas veces han llegado casos como este a los tribunales. La obsolescencia programada, al fin y al cabo, está asumida como un mal necesario para estimular el consumo. Pero la crisis está cambiando las conciencias y cada vez son más las voces que recuerdan que la necesidad mantener una tasa mínima de renovación de productos no significa que haya que aceptar abusos. Además, genera toneladas de residuos que podrían evitarse. Finalmente, un país ha dado un paso al frente: la Asamblea francesa acaba de aprobar, dentro de la Ley de Transición Energética, multas de hasta 300.000 euros y penas de cárcel de hasta dos años para los fabricantes que programen la muerte de sus productos. La norma, que aún debe ser ratificada en el Senado, no solo es relevante por las sanciones que establece, sino porque es la primera vez que una legislación reconoce la existencia de la obsolescencia programada. “Estas técnicas pueden incluir la introducción deliberada de un defecto, una debilidad, una parada programada, una limitación técnica, incompatibilidad u obstáculos para su reparación”, reza el texto. Solo hubo un intento normativo anterior en 2011, en Bélgica, cuando el Senado aprobó una resolución que pedía al Gobierno que prohibiera esta práctica, pero nunca llegó a elaborarse una ley.
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La norma francesa recoge todas las variantes de obsolescencia programada, pero su aplicación no va a ser fácil. ¿Cómo demostrar que se ha introducido un defecto “deliberadamente”? La industria, de hecho, siempre ha negado esa supuesta “premeditación”, pese a que es evidente que los electrodomésticos han acortado su vida útil en las últimas décadas. Un reciente estudio encargado en Francia por el Centro Europeo del Consumidor recopila varias muestras. Por ejemplo, los antiguos televisores de tubos podían durar hasta 15 años, mientras que los actuales no pasan de 10. “Y ocho de cada 10 lavadoras tienen cubetas de plástico, en vez de acero inoxidable, que pueden romperse con el golpe de una moneda”, prosigue el estudio. Los fabricantes insisten en que el acortamiento no es deliberado, sino que se debe a la exigencia de que los productos sean más eficientes y más baratos.
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Europa está empezando a abordar el problema. El Comité Económico y Social Europeo (CESE), órgano consultivo de la UE, aprobó hace un año un dictamenque exige la prohibición total de la obsolescencia programada. “Si tiráramos menos cosas a la basura, tendríamos que reparar más y se crearían miles de empleos”, afirmó Jean-Pierre Haber, ponente del dictamen, para rebatir el argumento de que la renovación es necesaria para mantener la economía.
El dictamen propone también medidas para combatir esta práctica no solo desde la prohibición. “Más allá de que pueda haber un chip maquiavélico programado para que un aparato deje de funcionar, algo que sucede en contadas ocasiones, proponemos tres líneas de acción. Por un lado, que las empresas faciliten la reparación. En segundo lugar, campañas de sensibilización para combatir la obsolescencia estética; es decir, la constante renovación de productos sin desgastar, sobre todo ropa y teléfonos, al dictado de las modas. Y por último, la implantación de un sistema de etiquetado de durabilidad para que el consumidor pueda decidir si prefiere un producto barato u otro más caro pero más duradero”, explica Carlos Trías Pintó, presidente de la Comisión Consultiva de Transformaciones Industriales del CESE, el grupo que elaboró el dictamen.
El CESE está estudiando ya cómo podría ser ese sistema de etiquetado. “Podría ser parecido al que se ha implantado para calificar la eficiencia energética, con una escala de clasificación por letras y colores”, explica Trías Pintó. La tarea va a ser larga porque no hay una metodología estándar para evaluar la durabilidad de un producto, y además la industria se opone rotundamente. En una jornada organizada por el CESE en Bruselas hace dos semanas, el director general del Comité Europeo de Fabricantes de Equipamiento Doméstico, Paolo Falcioni, aseguró que es imposible prever la duración de un producto porque no se puede controlar el buen o mal uso que se va a hacer de él.
Europa estudia un sistema de etiquetado que informe sobre la duración de los productos.
Pero el movimiento contra la obsolescencia programada parece ya imparable en la UE. La Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea ha encargado un estudio para desarrollar una posible metodología, y el CESE va a realizar una encuesta para preguntar a los ciudadanos si estarían dispuestos a pagar más por productos más duraderos. Con todo esto, el eurodiputado Pascal Durand presentará una resolución para introducir el debate en el Parlamento.
En España el movimiento lleva retraso. Las organizaciones más activas son laAsociación de Recuperadores de Economía Social y Solidaria (AERESS), que agrupa a entidades como Koopera, y el colectivo ecologista Amigos de la Tierra. Ambas, junto con Ecologistas en Acción, UGT y CC OO, han presentado un texto de alegaciones a la nueva ley de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos en el que piden la prohibición de la obsolescencia programada y otras medidas como el alargamiento de las garantías, el apoyo a las redes de reparación y, sobre todo, que se asegure que un 5% de los residuos puedan ser preparados para su reutilización. “Esto implica, por ejemplo, que en los puntos limpios se puedan colocar sin romper los aparatos que se desechan, porque muchos se vuelven inservibles al tener que lanzarlos al fondo de un contenedor”, explican en AERESS. Esta organización es también contraria a la limitación que establece la nueva ley para la reparación de electrodomésticos con etiqueta energética inferior a B, pues entiende que el impacto ambiental que supone tirar estos aparatos es superior al ahorro que se pretende.

Bombillas eléctricas

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En algunos museos todavía se pueden ver encendidos los primeros focos de Thomas Edison, después de más de 100 años. Sin embargo, las bombillas que utilizamos hoy en día suelen durar, como mucho, uno o dos años. ¿Por qué? Si un producto dura años, el negocio no sería rentable ya que la gente no seguiría comprando bombillas. Así que decidieron fabricar lámparas con un filamento que al cabo de cierto tiempo, se rompiera. Un poderoso lobby de fabricantes de lámparas, el cártel Phoebus, presionó para limitar la duración de las bombillas. En los años cuarenta consiguió fijar un límite de 1.000 horas.

Cartuchos de tinta


Todos sabemos que una serie de nuevos cartuchos de inyección de tinta puede costar más que la propia impresora, por lo que reducimos al mínimo las impresiones. Sin embargo, es muy difícil evitar el derroche, ya que muchos cartuchos de tinta vienen con chips inteligentes que desactivan la impresión cuando uno de los colores llega a un cierto nivel. Es normal que tanto los fabricantes como los proveedores nos aconsejen no utilizar cartuchos genéricos, y sin embargo, estos funcionan de la misma manera. Además, aquellos que nos permiten volver a llenarlos de tinta evitan que desechemos innecesariamente el plástico con el que están hechos.

Videojuegos


En general, la política de las empresas de videojuegos se mantiene firme en la idea de no dejarnos disfrutar de los juegos viejos en las consolas nuevas. Cuando el Super Nintendo salió a principios de 1990, convirtió a la Nintendo Entertainment System en un aparato obsoleto. La enorme biblioteca de la consola de 8 bits no se podía utilizar en la nueva. Esta falta de compatibilidad impulsa la venta de los nuevos dispositivos y de cada uno de sus juegos.

Software


Al igual que el caso anterior, muchos programas son incompatibles con los archivos o las versiones anteriores. Actualizaciones que ofrecen mejoras y, sobre todo, una mayor seguridad, siempre son bienvenidas en la comunidad de usuarios. Sin embargo, una nueva versión de un sistema operativo, implica muchísimos cambios, ya que nos obliga a utilizar las actualizaciones más recientes de muchos de los programas que usamos en él.


Pero el tema no termina en software, ya que los avances en los programas a menudo impulsan las ventas de hardware, ya que las versiones más nuevas requieren máquinas cada vez más potentes, con mayor memoria RAM, una pantalla táctil, mayor capacidad en el disco rígido y mucho más.

Los libros de texto


Cuando era chica, Internet era un privilegio de pocos y una tecnología desconocida para el común de los mortales. Los alumnos llenábamos la biblioteca de los colegios para poder realizar una tarea completa, consultando gordos y pesados tomos de enciclopedia. Al finalizar el año, quienes no tenían hermanos menores vendían el libro de texto utilizado y los demás, lo guardábamos intacto para los más pequeños del hogar.
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Esta pequeña estrategia familiar no pudo sobrevivir mucho tiempo, ya que los editores decidieron realizar pequeños retoques anuales en sus libros. En general, la información es la misma, pero se distribuye de manera distinta, se quitan y se agregan algunos detalles. Las maestras piden la nueva edición y cierran el ciclo de obsolescencia de un libro que podría tener una larga vida útil. No tienes porqué sumarte a esta locura, una charla amena con las autoridades del colegio podría hacerlos cambiar de opinión.

Coches


El coche modelo T de Ford fue un éxito para la industria automovilística americana, pero tenía un problema que en los años veinte era todavía incongruente: estaba concebido para durar. Ese fue su fracaso. General Motors, su competencia, dejó de lado la ingeniería y apostó por el diseño. Dio retoques cosméticos a sus coches, lo que le permitió que los clientes cambiaran de modelo muy a menudo. ¿A quién le importaba que el motor funcionara diez años, si en poco tiempo cambiaría el coche por otro de distinto color o con algún arreglo superficial?
Además, los fabricantes descontinúan partes que de otra manera podrían estar disponibles para las reparaciones. A diferencia de los primeros modelos, los automóviles son accesorios de moda, y por tanto, sólo se los mantiene por unos pocos años.

Baterías y equipos electrónicos


¿Todavía tienes en funcionamiento tu viejo y pesado Nokia? Quizás el nuevo modelo no dure tanto, y no porque no sea bueno, sino porque muchas de las aplicaciones que utilizas ya no correran si no actualizas el sistema operativo; o quizás porque su batería dure cada vez menos o alguna de sus partes se rompa al golpearse y no haya forma de cambiarla. Muchos dispositivos como notebooks, reproductores de MP3 y tabletas programan su obsolescencia a través de las baterías.
Existen impresoras que dejan de funcionar al llegar a un número determinado de impresiones; lavadoras que se estropean a los 2.500 lavados exactos y ya no se pueden reparar; televisores limitados en 20.000 horas de duración y son sólo un ejemplo.
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Uno de los casos más conocidos es de los primeros iPods, cuya batería estaba programa para durar entre 8 y 12 meses. Apple recomendaba cambiar el aparato por uno más nuevo. Tras una denuncia de consumidores, la empresa se comprometió a asegurar dos años de vida en sus iPods y estableció un departamento de recambios.
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